31 de marzo de 2009

Otro libro vinculado de alguna manera al BAFICI aunque no editado por el festival es Mi cuerpo es una celda, diario personal de Andrés Caicedo compaginado, dirigido y montado por Alberto Fuguet. El festival tiene en su programación un documental sobre este colombiano punk, adelantado a ese movimiento y que se suicidó a los 25 años. El documental incluye fragmentos de una película que Caicedo estaba dirigiendo en ese momento






Comencé a escribir a los 13 años: poemas de amor y cuentos breves, de una sola situación. Cuando mi primer cuento ambicioso, La piel del otro héroe, fue publicado en el magazine dominical del diario Occidente, de Cali, cobré ímpetu y me llené de ambicio-nes; pronto me vi recompensado por publicaciones en el periódico El Espectador, un primer premio de cuento en la Universidad del Valle, dos primeros premios nacionales, un segundo premio latinoamericano organizado por la revista Imagen, de Caracas, y dos premios universitarios de teatro. En los diarios caleños se creó algo así como un “boomcito” de Andrés Caicedo, y yo empecé a escribir mínimo cinco horas diarias una novela sobre adolescentes que ha sufrido varias transformaciones y que aún no he con-cluido; se llama Depescueznarisorejamiento.
Con la ayuda de mi hermana menor, Rosarito, para mí la más querida, soñaba con llegar a la celebridad antes de los 20 años. Pero fue pasando el tiempo y nada. Apliqué examen de admisión para estudiar letras en la Universidad del Valle, pero una confe-rencia que sostuve con Enrique Buenaventura me convenció de que lo mejor para mí era entrar al Teatro Experimental de Cali a estudiar teatro. Allí trabajé en tres obras (dos como actor y una como asistente de director), me enamoré trágicamente de una ac-triz y probé por primera vez la marihuana; creo que esto último fue lo que me dio la suficiente carga de inconformismo como para salirme del grupo, después de un viaje en calidad de hippie que hice hasta la Guajira; pero en esa época no llegué a darme cuen-ta de lo penetrado que estaba el TEC por la “mamertería” del Paco, del Partido Comunista de Colombia. De allí me salí con la disculpa de querer dedicarme de lleno a la literatura, cosa que no realicé del todo, pues comencé con el Cine Club de Cali, lo cual siempre me ha quitado tiempo. La pluralidad de quehaceres ha sido uno de los motivos para que yo no desarrollara ninguno a cabalidad. Pero el Cine Club me comenzó a dar plática y yo me fui interesando más por el estudio del cine; dicté un curso en la U. del Valle y luego en un colegio de bachillerato.
Después vendría mi viaje a USA, a Los Ángeles, para intentar vender dos guiones de horror: cuando me di cuenta de todo el pro-blema de lenguaje que había de por medio, desistí y me dediqué únicamente a ver cine, mientras me durara la plata. Vivía yo al frente del teatro The New Vagabond que daba programas especiales de 8 o 16 películas; es decir, todo el día. O sea que yo me levantaba a las ocho de la mañana, cruzaba la calle desayunado ya, y entraba al teatro, a mi cita con la oscuridad, para salir a eso de las once o doce de la noche o ya de mañana; y fue allí cuando probé por primera vez las anfetaminas. A Colombia regre-sé un tanto desilusionado (Hollywood no existía) después de casi un año de pasar trabajos, de mantener un recuerdo de mi tierra magnificado por la distancia. Vine con la idea expresa de editar una revista, y a los cuatro meses ya teníamos en circulación nuestra Ojo al Cine, que fue un éxito de venta y de crítica. Mientras tanto, yo había publicado crítica de cine en Occidente, El Es-plendor, El País, y recién cuando se fundó el diario El Pueblo. Y también en la revista Hablemos de Cine, lo que había sido uno de mis sueños dorados.
Así fui haciéndome a un reconocimiento nacional como entendido en cine, pero aún tenía problemas con la droga, sobre todo con las pepas, pues yo comencé a tomar Valium 10 cuando hacía viajes por tierra de Cali a Bogotá. No tenía mujer, ni me interesaba. Tomaba mucha cerveza y me la pasaba contento en Cali, mucho más después de que me hice muy amigo de Clarisol y Guiller-mo Lemos, dos niños superprecoces y superperversos, y fui dando la imagen del niño que no ha crecido o se niega a crecer: ellos me hicieron probar los hongos y el Daprisal, y yo estaba contento con mi pose silvestre porque así desconcertaba a los inte-lectuales de profesión, a los que he detestado siempre, y bastante es el mal con pullas indirectas que me han hecho. Pero como todo el mundo deseaba y admiraba a Clarisol, no se podían meter conmigo, pensaban “ese va a acabar mal”, pero no decían na-da. Pero terminé mal, la pura verdad. Con Clarisol hicimos un pacto: “Tú aparentas mi edad y yo la tuya”, y así pasábamos el tiempo, cada uno desconcertando a su manera. Pero llegó Patricia y todo se acabó.
Con Clarisol había conocido una especie de vida salvaje. El amor salvaje de Patricia me trajo a una más cercana realidad, aun-que también peligrosa. Yo la conocía a ella desde hacía dos años, pero no le había parado bolas, desinteresado como estaba por toda mujer hecha y derecha. Pero mentiras; Patricia resultó ser una niña malcriada, exigente y desconfiada. Ella me sedujo y me atrapó. Su amor fue como un viaje sin regreso por la selva más tenaz de todas, la del Chocó; fue como pasar hambre y darse después un festín y emborracharse con cerveza helada. Yo creo que ambos éramos unos niños al conocernos y juntamos nues-tras malas crianzas y hacíamos el amor de una forma perfecta. Por varios meses yo fui su segundo hombre, hasta que las cir-cunstancias me llevaron a ser el único, el primero. Y no, todo esto está mal escrito. Su matrimonio iba ya muy mal cuando nos conocimos, y por pura coincidencia feminista yo me dejé seducir, porque era testigo de lo mal que la trataba su marido. Además él, Carlos Mayolo, había arruinado por su mal genio un filme que realizamos en 1971: Angelita y Miguel Ángel, en 16 mm y con guión mío. Pero no creo que haya sido venganza; hice a medias el amor con ella y me gustó muchísimo y quedé enamorado co-mo nunca en mi vida. De ahí, nuestra relación fue siempre incompleta, y su marido, como dice el proverbio, fue el último en sa-berlo; nos pilló in fraganti en el último Festival de Cine en Cartagena. Pero con él ya todo estaba dañado, y la cosa no fue muy grave. En el intervalo yo trabajé durísimo con el grupo de teatro de la U. del Valle en mi obra El mar, sobre el desorden, sobre el trabajo acumulado y sobre la relación difícil con los objetos (incapacidad manual), además de ser a la vez un comentario crítico (no sé cómo me las arreglé para lograrlo) a dos novelas magníficas: Moby Dick, de Melville, y Arthur Gordon Pym, de Poe. Con perdón de todo el mundo, esa fue mi (fatua) obra maestra. No duró más que tres días en cartelera, ya que el protagonista celebró tan duro el éxito del estreno que hasta hoy sigue borracho.

Mi relación con Patricia ha estado sujeta (ya no) a un grado tal de inestabilidad que yo tuve que recurrir al triple Valium 10. Prime-ro que todo ella se demoró mucho en dejar de amar a Carlos, y a mí me tocó presenciar una escena de súplica y de amor en va-no tal, que me pegó uno de los mayores sustos de mi vida. Y lo que lo acaba a uno no es la droga sino los sustos. Después de eso yo me porté muy duro con ella, repitiéndole que ya no había caso, que ya no la quería, y eso y la separación con su esposo la condujeron a una especie de locura por los hombres; hizo el amor con el más grande y el más chiquito de los cineclubistas de Bogotá, pero siempre venía hacia mí. Y yo estaba bastante golpeado, a medias destruido, ya que “el más grande” era uno de mis mejores amigos, y yo nunca le perdoné lo que hizo con Patricia. La verdad fue que ella me utilizó como muleta, me expuso como escudo de su inestabilidad, y yo tenía que estarla cuidando, impidiendo toda clase de rumba, convencido, como dice la canción, de que las rumbas no son buenas, que hacen daño y que dan penas. Además, ese ambiente ya estaba para mí completamente pasado de moda. Hará unos tres años yo fui un muchacho superrumbero, tanto que escribí una novela sobre todo eso. Pero me aburrió el esnobismo y la vulgaridad de la rumba, y fue precisamente en mitad de una rumba que yo intenté suicidarme por prime-ra vez, cortándome las venas después de tomar 25 blues, como le decimos nosotros al Valium de 10 mg. Me despertó el mismo ruido de mi sangre goteando sobre el piso de madera, y minutos después cicatrizaría. Pero como ni me hicieron lavado de estó-mago estuve todo pepo como 15 días. Después, quedé muy propenso al llanto, por todo lloraba como un niño, y hablaba imitan-do a Patricia. Estaba, creo yo, a un paso de la locura. La segunda vez que intenté suicidarme está rodeada de circunstancias más allá de mi memoria. Según parece me tomé 125 pepas y discutí mucho con ella. A los varios cinco o seis días me vine a desper-tar en “cuidados intensivos” creyendo, por la calefacción, que estaba en Cali.
Me llegaba el recuerdo de Patricia como el de un ángel guardián y experimentaba ráfagas de felicidad indefinida e inconclusa. Ahora, pasado ya un mes de estar en esta clínica, tengo planes urgentes para el futuro inmediato; sacar un número 5 de Ojo al Cine que sea mejor que los anteriores, gestionar la publicación de mi novela Que viva la música, con las dos editoriales que me la han comprado y arreglar la publicación de un libro de cuentos con Eduardo Agudelo, el dueño de la editorial que me saca la revis-ta; asimismo, comenzar dándole forma al libro que tengo planeado sobre Los Rolling Stones, entroncándolo con el relativo fraca-so de mi generación. Yo siempre estuve muy influenciado por la música de los Stones y por su postura lumpesca ante la vida, aunque estuvieran disfrutando del puesto No.1 en la industria (que a hoy está en plena decadencia artística) del rock and roll. Ya creo haber salido de ese estado de confusión en el que no terminaba ningún trabajo ni la lectura de algún libro, y para todos era una intolerancia que me estaban haciendo enemigos de todos los que eran amigos míos.
Quiero escribir un ensayo que, ante la decadencia del cine mundial ligado a la superperfección técnica, se llame por un “cine im-perfecto”, parafraseando un artículo del cubano Julio García Espinoza, y análisis de los filmes que más admiro: Persona, de Ing-mar Bargman; Psicosis, de Alfred Hitchcock; y Lilith, de Robert Rossen.
Así es.
Ha podido ser mejor, pero qué le vamos a hacer.

Mis padres se conocieron en la población de Silvia, Cauca, donde mi madre estaba interna y mi papá trabajaba en la finca de mi abuelo, a quien yo no conocí. Puede que haya sido amor a primera vista. El hecho es que se casaron a los pocos meses, siendo mi mamá un poco más rica que la familia de mi padre. Carlos Alberto tenía deseos de irse de Popayán, y con mi mamá tuvo la oportunidad de ocupar un puesto bastante prominente en Cali, en medio de la familia Estela. Según lo que él me ha dicho, los Estela se demoraron en aceptarlo. Y mi papá ha sido una persona tímida, un tanto débil de carácter aunque no de fuerza física. Él se ha refugiado en mi mamá. Pues ella ha sido fuerte, decidida, audaz, muy femenina. Cuando tuvo su primer hijo se dedicó a él (ella) y olvidó toda clase de compromisos con sus amistades, e incluso con mi padre, que aún experimentaba deseos de salir de noche, ir a un cine, etcétera. Pero cosa bien curiosa: en cada embarazo mi madre iba mucho al cine; sobre todo, ella me dice, cuando quedó embarazada de mí. Los primeros años de matrimonio fueron dificultosos desde el punto de vista económico y a mi papá lo atormentaba esto: hizo muchos negocios y todos terminaban por salirle mal: compraba una casa y la vendía al tiempo por alguito más de moneda, lo cual ponía a mi mamá en una situación muy incómoda de inestabilidad. Observando antiguas fotos me da una gran tristeza ante la juventud de mis padres, alegre a pesar de todo, muy vital. Lo que yo pensaba antes era que todo lo soportaría, menos que mis padres fueran testigos de mi vejez; o sea, morir antes que ellos. En realidad mi padre siempre ha vendido su fuerza de trabajo: como administrador de las fincas de gentes millonarias, como gerente o subgerente de firmas avíco-las, etcétera. Él ha debido sentir mucha alegría cuando yo nací, pero muy pronto fue creciendo una rivalidad entre él y yo, hasta que, hará menos de un año, me propuso que no nos habláramos más, que no nos metiéramos el uno con el otro, y yo quedé to-do descortado, un tanto asustado, sin saber qué decir. Mi mamá ha sufrido mucho con estas peleas de los dos. La política de ella ha sido darnos a nosotros sus hijos todo lo que ella cree que necesitamos; puede que con eso me haya perjudicado, pero ante esto cabe hacerse una pregunta: ¿no hubiera sido peor que nos hubiera negado todo lo necesario y hasta todos los pequeños lujos?

Yo había sido un niño muy deseado. Mi mamá había quedado embarazada ocho veces, pero sólo había logrado tener tres niñas y había perdido un hijo hombre, Juan Carlos, que hoy andaría por los 30 años. Mi papá deseaba otro hijo hombre. Yo creo que en ellos el coito nunca estuvo separado de la idea del embarazo. Así que nací yo, rodeado de gustos y de favores, en un hogar de ilustres apellidos pero económicamente de clase media. Dicen que pesé diez liras y era horrible, de chiquito. Lo que recuerdo de esa época tan temprana es que sólo me gustaba andar cogido de las faldas de mi mamá y hacerme debajo de los árboles de guayaba para imaginarme perdido en los bosques. Y que organizaba peleas de vaqueros imaginarios con contendores de aire, y yo gesticulaba, daba puños, gritaba para mis adentros, amenazaba, actuaba en bien de la justicia. Un día, después de varios mi-nutos de estar improvisando una pelea de estas, volteo a mirar y está toda mi familia observando con interés y riéndose. Yo me escondí, muy avergonzado. Desde ahí el sentido de vergüenza está muy ligado a mi vida. Pero la peor vergüenza es la que viene después de que no se hace lo que se debería.

Antes, mucho antes de que me prendara de mujer alguna, mi corazón ya había sido ganado por la violencia. Dicen que mi madre se puso fea cuando me tenía adentro, de tantas patadas y manotazos que le di. Y al nacer la dejé como con cuarenta kilos de menos. Fui un niño gordo, cabezón, travieso como él solo. La primera cagada que recuerdo fue en el kinder del Pío XII: rellené de anzuelos un ponqué de Navidad, y varios alumnos resultaron heridos. No me pudieron probar nada, pero de todos modos me ex-pulsaron y de allí pasé al Liceo Ciudad de Cali, en donde me la pasaba soñando con cagadas por venir. A los 12 años me regala-ron un rifle de copas y me la pasaba tirándoles a los ventanales de los vecinos hasta que éstos pusieron la queja y mis padres me decomisaron el rifle. Yo, claro, quedé muy descontento con esta medida y ahorré durante dos veranos para comprarme mi rifle de copas, uno más grande, más serio y potente.
En quinto de primaria ya todos me decían “el loco” y yo hacía todo lo posible para cimentar esta fama: un día llamé como a cin-cuenta taxis a la casa de Germán Azcárate, y observé, divertidísimo, todo el barullo desde mi balcón. El papá de Germán salió protestando que ellos no habían llamado a ningún carro, pero no le creyeron y había algunos que querían cobrarle la carrera. Yo me reí hasta que los ojos se me aguaron, y ahora siento lo mismo que sentía cuando pequeño: un sol inmenso que se pone, de-ntro de mí, en el horizonte, y que era presagio de grandes aventuras en contra de mis semejantes y hoy es signo de cagadas por venir; como no hay nada más que hacer en esta vida, pues entonces conformémonos con las travesuras que pueda realizar, las acciones neutras, las acciones que producen sufrimientos en los otros, las malas vidas, la sequedad de los corazones, la luz del sol, el reverberar la apatía de ahora que escribo automáticamente, pues no puedo avanzar en este relato.


*Este es un fragmento de Mi cuerpo es una celda, una autobiografía de Andrés Caicedo (Colombia, 1951-1977), cuya “dirección y montaje” corrió a cargo de Alberto Fuguet (Chile, 1964). Lo reproducimos con autorización de Editorial Norma, que la incluye en su colección La otra orilla.
Fuguet revisó e investigó la corta vida del escritor colombiano Andrés Caicedo, quien se suicidó a los 25 años en 1977 (ya lo había asegurado en su única novela, ¡Que viva la música!: vivir más de 25 años era una vergüenza) y de alguna manera se disfrazó de Caicedo, asumió su voz y escribió una autobiografía ficticia, una obra híbrida entre la novela y la biografía.
En junio de 1976, Andrés Caicedo fue internado en la Clínica Psiquiátrica Santo Tomás de Bogotá. Estuvo 39 días sometido a un tratamiento de desintoxicación. Días antes de ingresar había intentado suicidarse por segunda vez.
En la Santo Tomás no fue la primera vez que había estado internado, pero fue un momento clave en su espiral descen-dente hacia la autodestrucción. En esa clínica Andrés se puso a escribir a máquina como parte de su terapia. Ahí confec-cionó lo más parecido a un diario de vida o, mejor dicho, un resumen de ésta. Escribió estimulado por un doctor para que éste entendiera mejor su historia. Esta es la historia que escribió para que lo ayudaran a curarse.

Comencé a escribir a los 13 años: poemas de amor y cuentos breves, de una sola situación. Cuando mi primer cuento ambicioso, La piel del otro héroe, fue publicado en el magazine dominical del diario Occidente, de Cali, cobré ímpetu y me llené de ambicio-nes; pronto me vi recompensado por publicaciones en el periódico El Espectador, un primer premio de cuento en la Universidad del Valle, dos primeros premios nacionales, un segundo premio latinoamericano organizado por la revista Imagen, de Caracas, y dos premios universitarios de teatro. En los diarios caleños se creó algo así como un “boomcito” de Andrés Caicedo, y yo empecé a escribir mínimo cinco horas diarias una novela sobre adolescentes que ha sufrido varias transformaciones y que aún no he con-cluido; se llama Depescueznarisorejamiento.
Con la ayuda de mi hermana menor, Rosarito, para mí la más querida, soñaba con llegar a la celebridad antes de los 20 años. Pero fue pasando el tiempo y nada. Apliqué examen de admisión para estudiar letras en la Universidad del Valle, pero una confe-rencia que sostuve con Enrique Buenaventura me convenció de que lo mejor para mí era entrar al Teatro Experimental de Cali a estudiar teatro. Allí trabajé en tres obras (dos como actor y una como asistente de director), me enamoré trágicamente de una ac-triz y probé por primera vez la marihuana; creo que esto último fue lo que me dio la suficiente carga de inconformismo como para salirme del grupo, después de un viaje en calidad de hippie que hice hasta la Guajira; pero en esa época no llegué a darme cuen-ta de lo penetrado que estaba el TEC por la “mamertería” del Paco, del Partido Comunista de Colombia. De allí me salí con la disculpa de querer dedicarme de lleno a la literatura, cosa que no realicé del todo, pues comencé con el Cine Club de Cali, lo cual siempre me ha quitado tiempo. La pluralidad de quehaceres ha sido uno de los motivos para que yo no desarrollara ninguno a cabalidad. Pero el Cine Club me comenzó a dar plática y yo me fui interesando más por el estudio del cine; dicté un curso en la U. del Valle y luego en un colegio de bachillerato.
Después vendría mi viaje a USA, a Los Ángeles, para intentar vender dos guiones de horror: cuando me di cuenta de todo el pro-blema de lenguaje que había de por medio, desistí y me dediqué únicamente a ver cine, mientras me durara la plata. Vivía yo al frente del teatro The New Vagabond que daba programas especiales de 8 o 16 películas; es decir, todo el día. O sea que yo me levantaba a las ocho de la mañana, cruzaba la calle desayunado ya, y entraba al teatro, a mi cita con la oscuridad, para salir a eso de las once o doce de la noche o ya de mañana; y fue allí cuando probé por primera vez las anfetaminas. A Colombia regre-sé un tanto desilusionado (Hollywood no existía) después de casi un año de pasar trabajos, de mantener un recuerdo de mi tierra magnificado por la distancia. Vine con la idea expresa de editar una revista, y a los cuatro meses ya teníamos en circulación nuestra Ojo al Cine, que fue un éxito de venta y de crítica. Mientras tanto, yo había publicado crítica de cine en Occidente, El Es-plendor, El País, y recién cuando se fundó el diario El Pueblo. Y también en la revista Hablemos de Cine, lo que había sido uno de mis sueños dorados.
Así fui haciéndome a un reconocimiento nacional como entendido en cine, pero aún tenía problemas con la droga, sobre todo con las pepas, pues yo comencé a tomar Valium 10 cuando hacía viajes por tierra de Cali a Bogotá. No tenía mujer, ni me interesaba. Tomaba mucha cerveza y me la pasaba contento en Cali, mucho más después de que me hice muy amigo de Clarisol y Guiller-mo Lemos, dos niños superprecoces y superperversos, y fui dando la imagen del niño que no ha crecido o se niega a crecer: ellos me hicieron probar los hongos y el Daprisal, y yo estaba contento con mi pose silvestre porque así desconcertaba a los inte-lectuales de profesión, a los que he detestado siempre, y bastante es el mal con pullas indirectas que me han hecho. Pero como todo el mundo deseaba y admiraba a Clarisol, no se podían meter conmigo, pensaban “ese va a acabar mal”, pero no decían na-da. Pero terminé mal, la pura verdad. Con Clarisol hicimos un pacto: “Tú aparentas mi edad y yo la tuya”, y así pasábamos el tiempo, cada uno desconcertando a su manera. Pero llegó Patricia y todo se acabó.
Con Clarisol había conocido una especie de vida salvaje. El amor salvaje de Patricia me trajo a una más cercana realidad, aun-que también peligrosa. Yo la conocía a ella desde hacía dos años, pero no le había parado bolas, desinteresado como estaba por toda mujer hecha y derecha. Pero mentiras; Patricia resultó ser una niña malcriada, exigente y desconfiada. Ella me sedujo y me atrapó. Su amor fue como un viaje sin regreso por la selva más tenaz de todas, la del Chocó; fue como pasar hambre y darse después un festín y emborracharse con cerveza helada. Yo creo que ambos éramos unos niños al conocernos y juntamos nues-tras malas crianzas y hacíamos el amor de una forma perfecta. Por varios meses yo fui su segundo hombre, hasta que las cir-cunstancias me llevaron a ser el único, el primero. Y no, todo esto está mal escrito. Su matrimonio iba ya muy mal cuando nos conocimos, y por pura coincidencia feminista yo me dejé seducir, porque era testigo de lo mal que la trataba su marido. Además él, Carlos Mayolo, había arruinado por su mal genio un filme que realizamos en 1971: Angelita y Miguel Ángel, en 16 mm y con guión mío. Pero no creo que haya sido venganza; hice a medias el amor con ella y me gustó muchísimo y quedé enamorado co-mo nunca en mi vida. De ahí, nuestra relación fue siempre incompleta, y su marido, como dice el proverbio, fue el último en sa-berlo; nos pilló in fraganti en el último Festival de Cine en Cartagena. Pero con él ya todo estaba dañado, y la cosa no fue muy grave. En el intervalo yo trabajé durísimo con el grupo de teatro de la U. del Valle en mi obra El mar, sobre el desorden, sobre el trabajo acumulado y sobre la relación difícil con los objetos (incapacidad manual), además de ser a la vez un comentario crítico (no sé cómo me las arreglé para lograrlo) a dos novelas magníficas: Moby Dick, de Melville, y Arthur Gordon Pym, de Poe. Con perdón de todo el mundo, esa fue mi (fatua) obra maestra. No duró más que tres días en cartelera, ya que el protagonista celebró tan duro el éxito del estreno que hasta hoy sigue borracho.

Mi relación con Patricia ha estado sujeta (ya no) a un grado tal de inestabilidad que yo tuve que recurrir al triple Valium 10. Prime-ro que todo ella se demoró mucho en dejar de amar a Carlos, y a mí me tocó presenciar una escena de súplica y de amor en va-no tal, que me pegó uno de los mayores sustos de mi vida. Y lo que lo acaba a uno no es la droga sino los sustos. Después de eso yo me porté muy duro con ella, repitiéndole que ya no había caso, que ya no la quería, y eso y la separación con su esposo la condujeron a una especie de locura por los hombres; hizo el amor con el más grande y el más chiquito de los cineclubistas de Bogotá, pero siempre venía hacia mí. Y yo estaba bastante golpeado, a medias destruido, ya que “el más grande” era uno de mis mejores amigos, y yo nunca le perdoné lo que hizo con Patricia. La verdad fue que ella me utilizó como muleta, me expuso como escudo de su inestabilidad, y yo tenía que estarla cuidando, impidiendo toda clase de rumba, convencido, como dice la canción, de que las rumbas no son buenas, que hacen daño y que dan penas. Además, ese ambiente ya estaba para mí completamente pasado de moda. Hará unos tres años yo fui un muchacho superrumbero, tanto que escribí una novela sobre todo eso. Pero me aburrió el esnobismo y la vulgaridad de la rumba, y fue precisamente en mitad de una rumba que yo intenté suicidarme por prime-ra vez, cortándome las venas después de tomar 25 blues, como le decimos nosotros al Valium de 10 mg. Me despertó el mismo ruido de mi sangre goteando sobre el piso de madera, y minutos después cicatrizaría. Pero como ni me hicieron lavado de estó-mago estuve todo pepo como 15 días. Después, quedé muy propenso al llanto, por todo lloraba como un niño, y hablaba imitan-do a Patricia. Estaba, creo yo, a un paso de la locura. La segunda vez que intenté suicidarme está rodeada de circunstancias más allá de mi memoria. Según parece me tomé 125 pepas y discutí mucho con ella. A los varios cinco o seis días me vine a desper-tar en “cuidados intensivos” creyendo, por la calefacción, que estaba en Cali.
Me llegaba el recuerdo de Patricia como el de un ángel guardián y experimentaba ráfagas de felicidad indefinida e inconclusa. Ahora, pasado ya un mes de estar en esta clínica, tengo planes urgentes para el futuro inmediato; sacar un número 5 de Ojo al Cine que sea mejor que los anteriores, gestionar la publicación de mi novela Que viva la música, con las dos editoriales que me la han comprado y arreglar la publicación de un libro de cuentos con Eduardo Agudelo, el dueño de la editorial que me saca la revis-ta; asimismo, comenzar dándole forma al libro que tengo planeado sobre Los Rolling Stones, entroncándolo con el relativo fraca-so de mi generación. Yo siempre estuve muy influenciado por la música de los Stones y por su postura lumpesca ante la vida, aunque estuvieran disfrutando del puesto No.1 en la industria (que a hoy está en plena decadencia artística) del rock and roll. Ya creo haber salido de ese estado de confusión en el que no terminaba ningún trabajo ni la lectura de algún libro, y para todos era una intolerancia que me estaban haciendo enemigos de todos los que eran amigos míos.
Quiero escribir un ensayo que, ante la decadencia del cine mundial ligado a la superperfección técnica, se llame por un “cine im-perfecto”, parafraseando un artículo del cubano Julio García Espinoza, y análisis de los filmes que más admiro: Persona, de Ing-mar Bargman; Psicosis, de Alfred Hitchcock; y Lilith, de Robert Rossen.
Así es.
Ha podido ser mejor, pero qué le vamos a hacer.

Mis padres se conocieron en la población de Silvia, Cauca, donde mi madre estaba interna y mi papá trabajaba en la finca de mi abuelo, a quien yo no conocí. Puede que haya sido amor a primera vista. El hecho es que se casaron a los pocos meses, siendo mi mamá un poco más rica que la familia de mi padre. Carlos Alberto tenía deseos de irse de Popayán, y con mi mamá tuvo la oportunidad de ocupar un puesto bastante prominente en Cali, en medio de la familia Estela. Según lo que él me ha dicho, los Estela se demoraron en aceptarlo. Y mi papá ha sido una persona tímida, un tanto débil de carácter aunque no de fuerza física. Él se ha refugiado en mi mamá. Pues ella ha sido fuerte, decidida, audaz, muy femenina. Cuando tuvo su primer hijo se dedicó a él (ella) y olvidó toda clase de compromisos con sus amistades, e incluso con mi padre, que aún experimentaba deseos de salir de noche, ir a un cine, etcétera. Pero cosa bien curiosa: en cada embarazo mi madre iba mucho al cine; sobre todo, ella me dice, cuando quedó embarazada de mí. Los primeros años de matrimonio fueron dificultosos desde el punto de vista económico y a mi papá lo atormentaba esto: hizo muchos negocios y todos terminaban por salirle mal: compraba una casa y la vendía al tiempo por alguito más de moneda, lo cual ponía a mi mamá en una situación muy incómoda de inestabilidad. Observando antiguas fotos me da una gran tristeza ante la juventud de mis padres, alegre a pesar de todo, muy vital. Lo que yo pensaba antes era que todo lo soportaría, menos que mis padres fueran testigos de mi vejez; o sea, morir antes que ellos. En realidad mi padre siempre ha vendido su fuerza de trabajo: como administrador de las fincas de gentes millonarias, como gerente o subgerente de firmas avíco-las, etcétera. Él ha debido sentir mucha alegría cuando yo nací, pero muy pronto fue creciendo una rivalidad entre él y yo, hasta que, hará menos de un año, me propuso que no nos habláramos más, que no nos metiéramos el uno con el otro, y yo quedé to-do descortado, un tanto asustado, sin saber qué decir. Mi mamá ha sufrido mucho con estas peleas de los dos. La política de ella ha sido darnos a nosotros sus hijos todo lo que ella cree que necesitamos; puede que con eso me haya perjudicado, pero ante esto cabe hacerse una pregunta: ¿no hubiera sido peor que nos hubiera negado todo lo necesario y hasta todos los pequeños lujos?

Yo había sido un niño muy deseado. Mi mamá había quedado embarazada ocho veces, pero sólo había logrado tener tres niñas y había perdido un hijo hombre, Juan Carlos, que hoy andaría por los 30 años. Mi papá deseaba otro hijo hombre. Yo creo que en ellos el coito nunca estuvo separado de la idea del embarazo. Así que nací yo, rodeado de gustos y de favores, en un hogar de ilustres apellidos pero económicamente de clase media. Dicen que pesé diez liras y era horrible, de chiquito. Lo que recuerdo de esa época tan temprana es que sólo me gustaba andar cogido de las faldas de mi mamá y hacerme debajo de los árboles de guayaba para imaginarme perdido en los bosques. Y que organizaba peleas de vaqueros imaginarios con contendores de aire, y yo gesticulaba, daba puños, gritaba para mis adentros, amenazaba, actuaba en bien de la justicia. Un día, después de varios mi-nutos de estar improvisando una pelea de estas, volteo a mirar y está toda mi familia observando con interés y riéndose. Yo me escondí, muy avergonzado. Desde ahí el sentido de vergüenza está muy ligado a mi vida. Pero la peor vergüenza es la que viene después de que no se hace lo que se debería.

Antes, mucho antes de que me prendara de mujer alguna, mi corazón ya había sido ganado por la violencia. Dicen que mi madre se puso fea cuando me tenía adentro, de tantas patadas y manotazos que le di. Y al nacer la dejé como con cuarenta kilos de menos. Fui un niño gordo, cabezón, travieso como él solo. La primera cagada que recuerdo fue en el kinder del Pío XII: rellené de anzuelos un ponqué de Navidad, y varios alumnos resultaron heridos. No me pudieron probar nada, pero de todos modos me ex-pulsaron y de allí pasé al Liceo Ciudad de Cali, en donde me la pasaba soñando con cagadas por venir. A los 12 años me regala-ron un rifle de copas y me la pasaba tirándoles a los ventanales de los vecinos hasta que éstos pusieron la queja y mis padres me decomisaron el rifle. Yo, claro, quedé muy descontento con esta medida y ahorré durante dos veranos para comprarme mi rifle de copas, uno más grande, más serio y potente.
En quinto de primaria ya todos me decían “el loco” y yo hacía todo lo posible para cimentar esta fama: un día llamé como a cin-cuenta taxis a la casa de Germán Azcárate, y observé, divertidísimo, todo el barullo desde mi balcón. El papá de Germán salió protestando que ellos no habían llamado a ningún carro, pero no le creyeron y había algunos que querían cobrarle la carrera. Yo me reí hasta que los ojos se me aguaron, y ahora siento lo mismo que sentía cuando pequeño: un sol inmenso que se pone, de-ntro de mí, en el horizonte, y que era presagio de grandes aventuras en contra de mis semejantes y hoy es signo de cagadas por venir; como no hay nada más que hacer en esta vida, pues entonces conformémonos con las travesuras que pueda realizar, las acciones neutras, las acciones que producen sufrimientos en los otros, las malas vidas, la sequedad de los corazones, la luz del sol, el reverberar la apatía de ahora que escribo automáticamente, pues no puedo avanzar en este relato.



*Este es un fragmento de Mi cuerpo es una celda, una autobiografía de Andrés Caicedo (Colombia, 1951-1977), cuya “dirección y montaje” corrió a cargo de Alberto Fuguet (Chile, 1964). Lo reproducimos con autorización de Editorial Norma, que la incluye en su colección La otra orilla.
Fuguet revisó e investigó la corta vida del escritor colombiano Andrés Caicedo, quien se suicidó a los 25 años en 1977 (ya lo había asegurado en su única novela, ¡Que viva la música!: vivir más de 25 años era una vergüenza) y de alguna manera se disfrazó de Caicedo, asumió su voz y escribió una autobiografía ficticia, una obra híbrida entre la novela y la biografía.

3 comentarios:

alejobostero dijo...

Es impresionante todo lo que Caicedo escribió en su cortísima vida.

Anónimo dijo...

Expliquenme qué tiene de magistral este tipo porque no entiendo,un beat, un fracasado, un sin rumbo al que post mortem reflotaron yrearmaron. no cierra.

Anónimo dijo...

yo tampoco entiendo, es TAN bueno esto que acabo de leer?
cris