28 de febrero de 2010

Noir


Por Rodrigo Fresán

Desde Barcelona

UNO ¿Qué se puede hacer salvo leer novelas policiales? O mejor dicho: ¿por qué todo el mundo –en los cafés, en los aeropuertos, en el tren de alta velocidad, en el metro– sostiene entre sus manos, con los ojos bien abiertos y moviendo los labios como si rezaran, libros que chorrean sangre caliente en este invierno español tan frío? Se me ocurren varias teorías posibles y ninguna respuesta definitiva. Tal vez tenga que ver con que en los tiempos de grandes crisis económicas pensar en el crepúsculo del Imperio Británico, en la Gran Depresión made in USA de los años ’20, en el Big Crack de ahora mismo es cuando más se descorchan venenos y se disparan armas para que florezca el cadáver en la biblioteca, flote boca abajo el cuerpo de un gangster en un muelle o una hacker punkie eleve al asesinato y la venganza escandinava a una de las bellas artes. Cuando estamos en problemas, buscamos soluciones, sí. Una cosa queda clara: los códices ancestrales, los niños brujos y los vampiros bien peinados van y vienen y pasan, pero el policial permanece.

DOS Porque, finalmente, el policial es novela histórica y fiel retrato social. Dime cómo matas y te diré cómo vives. Y de ahí ese perturbador y delicioso escalofrío que sentimos leyendo acerca de un tipo normal hasta ese día en que no aguanta más y decide hacer algo que, teóricamente, no estaba en el guión de su vida pero sin embargo... A eso se refiere Guillermo Saccomanno, autor de la apenas futurista y muy oscura El oficinista –ganadora del premio Seix Barral– cuando precisa: “Si hay una clase que conozco y repudio es la clase media. La clase a la que pertenezco. Se define por su capacidad de sometimiento y traición. Una clase que, en su afán de trepada y con tal de no descender un peldaño en la escala social, se identifica con sus enemigos, los ricos. Es decir, el poder... La tragedia del oficinista, cuyo destino parece responder a las leyes de Murphy, es decir, las leyes del capitalismo, puede ser la de cualquiera... Piensen nomás en qué ocurriría si pierden el trabajo. ¿De qué abyecciones seríamos capaces, escritores y lectores, con tal de que el poder no pise nuestros dedos agarrados a la cornisa..? Y, sí, en esta España de final de fiesta todos leen novela negra porque en ella hay tanta gente como uno: unos quieren entrar como sea en el reparto, mientras otros sólo quieren salirse con la suya.

TRES Gente como Eric Cash, protagonista de La vida fácil, la nueva novela de Richard Price, maestro absoluto del thriller. Habitante del trendie y cool Lower East Side, Cash es un neoyorquino de treinta y cinco años. Un bohemio profesional que sueña con firmar una obra maestra o ganar un Oscar o lo que sea –lo que sea con tal de dejar ese restaurante donde sirve a otros en lugar de ser servido– mientras comienza a oír las ominosas campanadas del reloj biológico masculino. Ese que marca los días, horas y minutos que faltan para alcanzar el momento de saber –y de que todos sepan– que ya no eres una futura promesa sino, apenas, alguien que no cumplió esa promesa. Y que empieza la vida difícil. Una noche, Cash es testigo del asesinato de su amigo Ike. Y, al ser interrogado, Cash se contradice en algunos puntos clave. Lo que sigue es la paciente investigación del oficial de policía Matty Clark. Y, de pronto, los medios deciden que ese homicidio es simbólico de “algo” y, ay, Cash descubre que es famoso, sí; pero por todas las razones incorrectas.

Acompaño a Price por Madrid y Barcelona para conversar en público sobre el narrar en imágenes. Price, se sabe, es guionista top además de responsable de los diálogos en varios episodios de la que acaso sea la mejor serie televisiva de los últimos años o de todos los tiempos: The Wire. Saga de aliento tolstoiano, crónica de la decadencia y corrupción de Baltimore y cinco temporadas que atentan contra todo lo establecido en lo que hace al tempo catódico, fracaso económico y de audiencia para la HBO (para Price la explicación para esto pasa porque la serie no tenía un héroe individual sino un coral). Sin embargo, The Wire es un culto creciente gracias al DVD. Price es gracioso y cínico y –frente a un auditorio colmado– no tiene problemas en calificar a los demás a la velocidad del zapping. Así, Sex and the City, The Tudors y True Blood son “para chicas”, Mad Men flirtea “con la nostalgia por algo que nunca existió”, Dexter “tiene su gracia”, Deadwood “vale la pena por el malo” y Lost “es lo más estúpido jamás hecho; aunque el pobre gordo me cae bien”. Pero no: para Price no hay revolución o edad dorada o Gran Novela Americana en el aire. Hay más y mejor trabajo; pero él es guionista para poder ser novelista. “¿Y cuál de esas partes es Dr. Jekyll y cuál es Mr. Hyde?”, le pregunto. “Ninguna. Uno siempre es y siempre será completamente Frankenstein”, me responde.

CUATRO James Ellroy, en cambio, es el hombre lobo. Ellroy no ve televisión ni lee los diarios ni tiene móvil. En un taxi que le queda chico –Ellroy es enorme– le pregunto si hay algo de lo que no quiere que hablemos, en un rato, en el anfiteatro de la Biblioteca Jaume Fuster. Ellroy muestra los dientes: “No me interesa ni la jodida realidad, ni la jodida actualidad, ni el jodido Barack Obama. Hablemos de mí”. Minutos más tarde, Ellroy sube al escenario, se arranca de la cabeza los audífonos para la traducción simultánea, los arroja al suelo, abre por la primera página un ejemplar del flamante Sangre vagabunda (conclusión de su monumental Trilogía USA Underworld) y comienza a leer a los gritos, como un predicador en llamas, acariciándose rítmicamente su entrepierna, aullando como un perro demoníaco. Los asistentes no pueden creer lo que están viendo. Yo tampoco. “Estoy aquí para decirles que todo es verdad y que no es en absoluto como piensan”, ladra Ellroy quien, enseguida, contará cómo en su juventud mató a un doberman con sus propias manos y se metía en cuartos de señoritas para abrir los cajones y olisquear su ropa interior y luego explicar por qué Chandler le parece “un sentimentaloide sobrevalorado”. Ellroy –quien no duda en considerarse “el mejor escritor vivo”– sólo se rinde ante la figura de Beethoven y los cuerpos de las mujeres que, en los últimos años, le regalaron una crisis nerviosa. Escribió sobre todo eso en The Hilliker Curse –memoir que saldrá en el 2011–, pero, sonríe, “ahora soy un feliz hijo de puta”.

CINCO Días antes, voy a comer con Don Winslow, autor de El poder del perro, de paso por la ciudad como invitado del festival BCNegra. Mientras disfrutamos de un perfecto arroz negro, seguro, alguien pierde la cabeza en Ciudad Juárez. Es decir: se la cortan. Nadie sabe cómo va a terminar todo eso –Winslow apuesta por la legalización de todo y a ver qué pasa–, pero en su novela queda muy claro la manera en que empezó todo. Le pregunto cómo se le ocurrió ese terrible capítulo en el que unos niños mexicanos son arrojados desde un puente. Winslow me responde: “No se me ocurrió: ocurrió”.

En la mesa de al lado, un oficinista en la hora de su almuerzo lee el último thriller de éxito, tal vez buscando consuelo en un género en el que las cosas y los casos, para bien o para mal, se resuelven. Lo que –atención, advertencia– no siempre significa que ganen los buenos y los malos reciban su justo castigo.

Página 12




La Coca fuma hierba, se toca las tetas, se calienta viendo coger a un caballo y una yegua, se masturba en una pileta, se hace la ingenua con el farmacéutico Pepe Arias, es acosada por Romualdo Quiroga, usada para un sacrificio ritual por unos indios paraguayos, sometida por un negro brasileño, mantiene relaciones lesbianas, lucha en el barro, se baña en las cataratas del Iguazú, se queda en bolas en la nieve y finalmente nos pregunta a los espectadores aunque ya sea un señora mayor: que pretende usted de mi?
El mayor mérito del documental Carne sobre carne de Diego Curubeto quizás sea ser tan imperfecto como la obra de Armando Bó. Es que ese cine macarrónico y feroz no podía ser objeto de un documental que no arriesgara y fuera al límite del absurdo y Curubeto no sólo lo hace sino que sale indemne de la aventura de narrar valiéndose de distintos materiales y formatos la historia del cine de Armando Bó y su estrella Isabel Sarli.
Hay secuencias de dibujos animados, dramatizaciones no demasiado logradas, cameos sorpresivos y sobre todo abundante carne en exposición de la Coca Sarli que se transforma enla protagonista exclusiva del documental en el que además habla gente del equipo de Armando Bó y el hijo y el nieto de ese cineasta inquietante e imperfecto.

Carne sobre carne se estuvo dando durante Febrero en el Malba y seguirá en Marzo es más en la función que fui estaba bastante lleno así que vayan un rato antes.

27 de febrero de 2010


Hace un montón que no chateamos con Stacatto y de pasada intercambiamos unas líneas.

Samurai: Vi la de Gillian, es iun delirio

Johnny Stacatto dice: (14:38:40)

si... no me interesa yovi "preciosa"

Samurai dice: (14:38:51)

ahh y?

Johnny Stacatto dice: (14:39:06)

falta que un perro le cague la cara


Ahora que empezó el fin del mundo no se sienten un poco idiotas de haberse pasado la vida controlándose, sin fumar, sin chupar, corriendo en una cinta fija que no va a ningún lado para que se les caiga una viga n la cabeza, se les abra la tierra a sus pies y cagarse muriendo?
Confirmando lo bajo que hemos caído, este Martes en el programa de Matías Martin debuta Kumbio, que algunos creíamos extinta, como notera. Y en su primera nota se las tuvo que ver con Ricardo Fort. Un verdadero quebradero de cabezas, una lucha de titanes del pensamiento.
En exclusiva tenemos la primera pregunta y su correspondiente respuesta:
Kumbio: monspihdenfb lñlmfdakn?
Fort: dadaabubñponbrpnmmmprrrrrr
Impresionante!
Viernes a la tarde


Avenida Las Heras 2670

26 de febrero de 2010



La vanguardia es así


Todo empezó con un mail misterioso y siguió con un viaje más misterioso aún organizado por Juan Pablo Correa, no vamos a dar nombres por ahora pero mucho de lo que pasó este mediodía se irá viendo reflejado casi seguro en algunos post futuros
Ahí en la República de la Boca, donde se erige la gloriosa Bombonera, donde Quinquela pintaba sus frescos llenos de obreros del puerto, donde llegan los turistas para conocer Caminito se erige el edificio de la fundación PROA y no es que sea la primera vez que voy pero si es la primera vez que me invitan de manera formal para participar de una tertulia con periodistas que tienen blogs, bloggers que no son necesariamente periodistas y periodistas que no entran a un blog ni bajo amenaza de apremios ilegales
.

De las actividades que se vienen en la fundación vamos a ir hablando cuando estén mas cerca, sobre todo la muestra de futuristas italianos en la que ahondaremos.
Por ahora digamos en Marzo se va a poder ver Indian song la película que escribió y dirigió Marguerite Duras. Entre frases hirientes, ironías tremendas y noticias de lo que se está armando para el bicentenario pasó el almuerzo que yo rematé con una copa de cítricos que recomiendo no se la pierdan si andan por ahí.
La librería es un verdadero ataque al bolsillo no porque sea cara sino porque es demasiado tentadora. De allí me traje La suma del olvido
de Eduardo Rubinschik que viene recomendado fervientemente por Aira.

video
Roberto Bolaño escribió alguna vez que otro hubiera sudo el devenir de la literatura Argentina si Ricardo Piglia en lugar de fascinarse con Roberto Arlt se hubiera interesado por Gombrowicz. La literatura en la Argentina gira alrededor de dos o tres nombres y si buscamos simplificar el tema se podría decir que se escribe con Borges o contra Borges.
Desde hace un tiempo un grupo de gente comenzó a rescatar del olvido a Juan josé de Soiza Reilly, recopilaciones comentadas, libros de investigación en fin que ese personaje que resulta inagotable va ocupando un espacio que merece.
Fue gracias a Juan Pablo Correa el encargado de prensa de la Fundación PROA, que tuvo el desatino de invitarme a una tertulia de la qye daremos cuenta en otro post, que me enteré de una nota de María Moreno en Página 12 hablando sobre el escritor del que alguna vez ya hablamos en este Blog.






Arriba los corazones


Por María Moreno

En El cuerpo del delito, Josefina Ludmer convierte a Juan José de Soiza Reilly en su Virgilio. Lo inventa como precursor de Arlt o le da a Arlt un padre para que él lo elogie pero luego de dejarlo atrás (en su pasado de escritor), para que lo copie mientras le tapa el nombre con el propio. El número 4 de la revista 3 galgos –brillante, laburado, con varias perlas arqueológicas como el reportaje a Emma Soiza, hija del escritor–, se dedica a extrañarlo por olvidado bajo la sombra de ese Arlt ungido por una operación conjunta, renovada y que todavía crece. Allí Juan Terranova explicaba el silenciamiento del escritor por la impotencia crítica para leer, de espaldas a la cultura de masas, por fuera de las premisas románticas, elitistas y vanguardistas, y perseguía la sistemática omisión de su nombre en las series de las que formó parte y que hoy son recuperadas con categorías que revisan su valor. Y el resto de los colaboradores de la revista se explayaba: que el desprecio de la elite por lo popular, que el mito del artista romántico en donde las musas no cobran salario, que Soiza era peronista o que no era peronista, que se autorrecopilaba en libros para kioscos y llenos de erratas, que hacía obras puercas en un país pacato, que terminó en la radio fuera del cartoné sagrado de los libros...

Vanina Escales ha realizado para la colección Los Raros de la Biblioteca Nacional una selección de los textos de Soiza (Crónicas del Centenario) sumándose al rescate pero sobre todo mostrando que es una heredera de su estilo: ¡el de tener un estilo! y Gabriela Mizraje sitúa críticamente La ciudad de los locos (Adriana Hidalgo, 2006), deslizando a su autor en un catálogo sofisticado, en el que se roza con Giorgo Agambem y Copi. Pero...

Durante la década del ‘50 primaba en la APA (Asociación Psicoanalítica Argentina) un modo de interpretación en que el reconstruir hacia atrás los avatares de un síntoma suponía su desaparición. “Saber” era curarse pero sólo porque toda la comunidad psi sostenía esta creencia. (Un analista simpático contaba que un paciente en su primera entrevista le confesó que se sentía muy angustiado. El analista le preguntó la edad. 55, dijo el paciente. Al cabo de unos diez minutos le preguntó qué edad tenía el padre al morir. 55, dijo el paciente y luego, con expresión maravillada, musitó “gracias” y apretando con calor la mano del psicoanalista, pagó y dio por terminada su terapia.) Por eso, desmontar la Operación Arlt, dar las mil y una razones del borramiento de Soiza no ha generado ningún interés significativo sobre su obra ni alienta siquiera a los arrojados y gourmets literarios que cada tanto hacen la Feria del Libro Independiente.

Pero se puede, modestamente, dar una muestra de Soiza Reilly, el hombre que conducía un exitoso programa de radio en el que saludaba “¡Arriba los corazones!” y había pensado (mucho antes) la misma cifra para la fama que Andy Warhol: “Se me acabó el cuarto de hora. Soiza Reilly les dice Buenas noches”.

Soiza, como Arlt, fue periodista tuti fruti: trabajó en Caras y Caretas, La Nación, El Mundo. Para los dos la crónica no era el cuento (alindamiento) de la noticia sino un laboratorio de estilo, en donde no se renunciaba en nombre de l’arte eleva –ésta es una expresión de Fogwill– a que se pagara por gozar. También para los dos, la crónica fue el espacio para socializar ciencia y teoría y no el mero sometimiento a los saberes atribuidos a un público no especializado (hoy la crónica se inclina más del lado del neocostumbrismo que del lado del ensayo literario o la tesis laica: en buen cayetano, si los de Comunicación leyeran aunque fuera rajando teoría literaria y la usaran en objetos no textuales y los de Letras les perdieran el miedo a la investigación en cuerpo presente, tal vez comenzaría a haber un verdadero renacimiento de la crónica). Pero mientras Arlt se ponía entre el cable y el lector como un intérprete laico garantizado en su propio nombre como marca y patente, Soiza se proyectaba, aun cuando escribía, como un locutor que quiere generar en el público la alucinación de lo que cuenta. En ese sentido su “nosotros” es menos el cortés plural mayestático que el efecto para el lector de estar caminando con el cronista, de que no hay distancia entre el momento de la experiencia, la escritura y la lectura: cuando va a hacer una entrevista al Rey de España, Soiza describe cómo consiguió la tarjetita de autorización, la puerta de entrada de palacio con su infantería, caballería, policía, luego un salón, otro, una escalera, lacayos, guardias, mayordomos, otro salón, un patio, nuevos lacayos, guardias, mayordomos, otra escalera, un salón y luego la sorpresa (el lector suda): el rey es flaco y tiene mucho ¡olé!.

Mientras Arlt se comía con su mirada los testimonios, Soiza fue pionero de la interview y se preocupó por el pasaje a la escritura del relato oral; si Arlt se ponía en escena como el tipo que conoce el código del fuera del hogar, una suerte de ermitaño en acción, un solitario taciturno aunque se lo sospeche en una redacción llena de “dateros” que gritan y teléfonos que suenan todo el tiempo, Soiza trabajaba mucho en casa y viajaba con la familia; fue el primer periodista que llegó a las islas Horcadas en donde la hija de doce años consiguió, sin hacer nada, que se le ponga su nombre a un glaciar: “Porota”.

No voy a sumar interpretaciones del borramiento de Soiza Reilly (“Si no vino es porque no vino”, decía Alejandra Pizarnik), sólo contar que escribió cosas como No leas este libro (el amor, las mujeres y otros venenos), Cerebros de París, Las timberas, bajos fondos de la aristocracia, Mujeres de América y El alma de los perros que quizás se puedan conseguir si se tiene el olfato de un Cristian Ferrer o un Horacio Tarcus.

La tradición impone linajes que transmiten o la imaginación desproporcionada de un hombre raptado que no fue feliz o la política del resentimiento metabolizada en invención, Borges y Arlt. Entre el hijo de las enciclopedias y el hijo de la traducción (entre paréntesis, los dos con bastante ¡aj! a la carne) lo que sigue impugnada es la alegría, esa onda pecadito modernista de Soiza Reilly. Encima, en el siglo de los grandes interrogantes trágicos formulados por autores como Sartre, Benjamin o Heidegger no sienta la ausencia de dimensión trágica, el haber dicho, en lugar de “Qué vale La Náusea ante un niño que tiene hambre” o “No puede haber poesía después de Auschwitz”: “Arriba los corazones”. ¡Arriba los corazones!

PROGRAMACIÓN MARZO 2010- MALBA CINE

1. Ciclo
Generación VHS
Durante todo el mes

2. Film del mes L
Rosa Patria (Argentina, 2008), de Santiago Loza
Jueves a las 20:30 y viernes a las 18:00

3. Trasnoche
TL2 – La felicidad es una leyenda urbana (Argentina, 2009) de Tetsuo Lumière
Viernes a las 23.55

4. Actividad especial
Conferencia Multitouch
Sábado 6 de marzo a las 18:00

5. Continúa
Carne sobre carne (Argentina, 2007), de Diego Curubeto
Jueves a las 22:00 y sábados a las 23:55

6. Continúa - Film del mes XLVIII
Excursiones (Argentina, 2009), de Ezequiel Acuña
Viernes y sábados a las 22:00

7. Continúa
La Tigra, Chaco (Argentina, 2009), de Federico Godfrid y Juan Sasiaín
Viernes y sábados a las 20:00

8. Continúa
Los resistentes (Argentina, 2009), de Alejandro Fernández Mouján
Domingos a las 18:00

9. Grilla de programación
Jueves 4
14:00 Annie Hall, de Woody Allen
15:40 Mannequin, de Michael Gottlieb
17:10 La masacre de Texas, de Tobe Hooper
19:00 Mal gusto, de Peter Jackson
20:30 Rosa Patria, de Santiago Loza
22:00 Carne sobre carne, de Diego Curubeto
00:00 Re-Animator, de Stuart Gordon

Viernes 5
14:00 La ley de la calle, de Francis Coppola
16:00 Muchacho lobo, de Rob Daniel
18:00 Rosa Patria, de Santiago Loza
20:00 La Tigra, Chaco, de Juan Sasiaín y Federico Godfrid
22:00 Excursiones, de Ezequiel Acuña
00:00 TL2, de Tetsuo Lumiere

Sábado 6
14:00 Atmósfera cero, de Peter Hyams
16:00 Spaceballs, de Mel Brooks
18:00 Conferencia Multitouch **
20:00 La Tigra, Chaco, de Juan Sasiaín y Federico Godfrid
22:00 Excursiones, de Ezequiel Acuña
00:00 Carne sobre carne, de Diego Curubeto

Domingo 7
14:00 Comiéndose a Raúl, de Paul Bartel
16:00 Critters 2, de Mick Garris
18:00 Los resistentes, de Alejandro Fernández Mouján
21:15 Corazón salvaje, de David Lynch

Jueves 11
14:00 Tentáculos, de Ovidio Assonitis
15:45 Piraña, de Joe Dante
17:15 Ella, de Avi Nesher
19:00 Pesadilla 4, de Renny Harlin
20:30 Rosa Patria, de Santiago Loza
22:00 Carne sobre carne, de Diego Curubeto
00:00 Noche alucinante, de Sam Raimi

Viernes 12
14:00 El club del terror, de Richard Wenk
16:00 Beetlejuice, de Tim Burton
18:00 Rosa Patria, de Santiago Loza
20:00 La Tigra, Chaco, de Juan Sasiaín y Federico Godfrid
22:00 Excursiones, de Ezequiel Acuña
00:00 TL2, de Tetsuo Lumiere

Sábado 13
12:30 Scanners, de David Cronenberg
14:10 Patrick, de Richard Franklin
16:10 Salvador, de Oliver Stone
18:10 El satánico Dr. No, de Terence Young
20:00 La Tigra, Chaco, de Juan Sasiaín y Federico Godfrid
22:00 Excursiones, de Ezequiel Acuña
00:00 Carne sobre carne, de Diego Curubeto

Domingo 14
14:00 La fortaleza maldita, de Michael Mann
16:00 El as de los ases, de Gérard Oury
18:00 Los resistentes, de Alejandro Fernández Mouján
21:15 París-Texas, de Wim Wenders

Jueves 18
14:00 Los caballeros de la mesa cuadrada, de Terry Gilliam y Terry Jones
16:00 Y…¿dónde está el piloto?, de Jim Abrahams, Jerry Zucker y David Zucker
18:00 Fuerza Delta, de Menahem Golan

Viernes 19
14:00 Breakdance, de Joel Silberg
16:00 Subway, de Luc Besson
18:00 Rosa Patria, de Santiago Loza
20:00 La Tigra, Chaco, de Juan Sasiaín y Federico Godfrid
22:00 Excursiones, de Ezequiel Acuña
00:00 TL2, de Tetsuo Lumiere

Sábado 20
14:00 El rey de Nueva York, de Abel Ferrara
16:00 La parte del león, de Adolfo Aristarain
18:00 Perros de la calle, de Quentin Tarantino
20:00 La Tigra, Chaco, de Juan Sasiaín y Federico Godfrid
22:00 Excursiones, de Ezequiel Acuña
00:00 Carne sobre carne, de Diego Curubeto

Domingo 21
14:00 Quiero decirte que te amo, de Rob Reiner
16:00 Bingo Bongo, de Pasquale Festa Campanile
18:00 Los resistentes, de Alejandro Fernández Mouján
21:15 Christiane F., de Uli Edel

Jueves 25
14:00 RoboCop, de Paul Verhoeven
15:30 Carrera mortal, de Paul Bartel
16:45 Escape de Nueva York, de John Carpenter
18:15 Eliminators, de Peter Manoogian
20:30 Rosa Patria, de Santiago Loza
22:00 Carne sobre carne, de Diego Curubeto
00:00 Tinieblas, de Darío Argento

Viernes 26
14:00 La prisión de la violencia, de Michael Miller
16:00 Caliente al rojo vivo, de Robert Collector
18:00 Rosa Patria, de Santiago Loza
20:00 La Tigra, Chaco, de Juan Sasiaín y Federico Godfrid
22:00 Excursiones, de Ezequiel Acuña
00:00 TL2, de Tetsuo Lumiere

Sábado 27
14:00 Los reyes de la risa, de Claude Zidi
16:00 Mala pata, de Francis Veber
18:00 Preparen los pañuelos, de Bertrand Blier
20:00 La Tigra, Chaco, de Juan Sasiaín y Federico Godfrid
22:00 Excursiones, de Ezequiel Acuña
00:00 Carne sobre carne, de Diego Curubeto

Domingo 28
14:00 Halcón, de Menahem Golan
16:00 Rambo, de Ted Kotcheff
18:00 Los resistentes, de Alejandro Fernández Mouján
21:15 La cabalgata infernal, de Walter Hill


** Entrada conferencia Multitouch: $20.-
Entrada: $15.- Estudiantes y jubilados: $8.-
Abono: $65.- Estudiantes y jubilados: $33.-

AVISO: La programación puede sufrir alteraciones por imprevistos técnicos.

25 de febrero de 2010




La mejor manera de llenar el tiempo es perderlo.

(Marguerite Duras



Sensación- Geno Díaz (Genocidio II)



El problema de Sartre y de Dios


Yo diría que Jean-Paul Sartre, pese a sus indiscutibles dotes intelectuales y temperamentales, sigue siendo el hombre que desvió el existencialismo: directamente, lo hizo descarrilar. En parte, quizá, porque se apartó demasiado del pensamiento de Heidegger. Me atrevería a proponer que Heidegger buscaba un nexo viable entre lo humano y lo divino que no encolerizara demasiado -hasta provocar una situación irreparable- a los mandarines reinantes en la Alemania posterior a Hitler, quienes no tenían la menor prisa por perdonarle su pasado y difícilmente alentarían su tropismo hacia lo no racional.

Sin embargo, Sartre se sentía cómodo en su ateísmo, aun cuando no tuviera ningún fundamento en que apoyar sus filosóficos pies. ¡Al diablo con eso, no lo necesitaba! Estaba preparado para sobrevivir en el aire. Para decir: "Somos franceses. Tenemos cerebro, inteligencia. Podemos convivir con el absurdo sin pedir recompensa alguna. Y esto es así porque tenemos la nobleza suficiente para convivir con el vacío y la fuerza suficiente para elegir un rumbo por el que incluso estamos dispuestos a morir. Y lo haremos a despecho de que, en verdad, carecemos por completo de un punto de apoyo. Nosotros no esperamos un Más Allá".

Fue una actitud, una postura orgullosa, comparable a convivir con la propia mente en el espacio amorfo. Pero privó al existencialismo de sus exploraciones más interesantes. Desde el punto de vista filosófico, el ateísmo es un empeño estéril. (¡Basta pensar en el positivismo lógico!) El ateísmo puede polemizar con la ética (como lo hizo Sartre, a veces muy brillantemente) pero, cuando incursiona en la metafísica, acaba encerrado bajo llave en una celda. Después de todo, a un filósofo le resulta casi imposible investigar por qué estamos aquí sin abrigar cierta noción de cuál podría haber sido la fuerza precedente. La especulación cósmica se asfixia si la existencia nació de la nada. El argumento de Sartre es todavía peor: la existencia humana comenzó sin el menor indicio acerca de si estamos aquí con un buen fin o si nuestra presencia es totalmente inmotivada.

Pese a todo, el talento filosófico de Sartre alcanzaba un virtuosismo detestable. Podía funcionar con precisión en los más altos niveles de cualquier estructura lógica que construyese. ¡Si tan siquiera Sartre no hubiera sido existencialista! Un existencialista que no cree en algún Otro, sea cual fuere su naturaleza, es como un ingeniero que diseña un automóvil que no necesita conductor ni acepta pasajeros. Para florecer -para desarrollarse a través de nuevos filósofos que, en forma sucesiva, vayan construyendo sobre las premisas anteriores-, el existencialismo necesita un Dios que no esté más seguro de conocer el final de lo que estamos nosotros. Un Dios artista y no legislador. Un Dios que padezca las incertidumbres de la existencia. Un Dios que viva sin ninguna de las garantías arregladas de antemano y sentadas, como un íncubo, sobre la teología formal y su presunción de un Ser que es el Supremo Bien y el Supremo Poder. Qué oxímoron colosal: Supremo Bien y Supremo Poder. Por cierto, deja desamparado a cualquier teólogo formal que quiera explicar un sismo. La noción de un Dios existencial -un Creador que, tal vez, hizo cuanto pudo como artista pero, aun así, quizá tuvo un descuido al diseñar las placas tectónicas- está fuera de su alcance.

Sartre rechazó la idea de que el existencialismo podría medrar si tan sólo diese por sentado que, en verdad, tenemos un Dios (...l o Ella) que, sean cuales fueren sus dimensiones cósmicas respecto de las que nosotros le atribuimos, encarne algunos de nuestros defectos, ambiciones y aptitudes. También nuestra melancolía. Porque el final no está escrito. Y si lo está, el existencialismo no tiene cabida. Pero si basamos nuestras creencias religiosas en la realidad de nuestra existencia, habrá un paso no muy largo de ahí a suponer que no sólo somos individuos, sino que bien podemos ser una parte vital de un fenómeno mayor que busca una visión más precisa de la vida. Dicha visión podría emerger de nuestra actual condición humana. Se podrá argüir que no hay razón alguna para que esta hipótesis no se aproxime más al verdadero existir de nuestra vida que cualquier propuesta de teólogos oximorónicos. Ciertamente, es más razonable que la sartreana, todavía vigente. Sartre anhelaba una sociedad mejor. No obstante, según él, estamos aquí queramos o no y debemos habérnoslas lo mejor que podamos con la nada endémica instalada sobre un vacío, una eterna ausencia de fundamentos sólidos. Sin duda, Sartre fue un gran escritor, pero también fue un verdugo filosófico. Guillotinó al existencialismo justamente cuando más necesitábamos oír su aullido, su alarido bárbaro gritándonos que Dios y todos nosotros tenemos algo en común. Nosotros, como Dios, somos artistas imperfectos que hacemos lo mejor que podemos. Tenemos la posibilidad de triunfar o fracasar; también Dios. Ese es el tema implícito, aunque no desarrollado, del existencialismo. Nos vendría bien volver a convivir con los griegos, con la expectativa de un final todavía abierto, pero la tragedia humana bien puede ser nuestro fin.

Las grandes esperanzas carecen de todo fundamento real, a menos que estemos dispuestos a afrontar la fatalidad, con la que también podemos toparnos en el camino. Esos son los polos de nuestra existencia; lo han sido desde el primer instante de la Gran Explosión. Quizás ahora mismo se esté agitando algo inmenso. Para enfrentarlo, más nos valdría esperar que la vida no nos dará las respuestas que tanto necesitamos, sino más bien nos ofrecerá el privilegio de pulir nuestras preguntas. Si, en verdad, necesitamos un Dios con quien podamos comprometer nuestra vida, nos convendría explorar el relativismo teológico y no el absolutismo moral.

Por Norman Mailer
París - 2005

(Traducción de Zoraida J. Valcárcel)

Bar de Cao, tablas, chupi y charla

24 de febrero de 2010





Ahhh! me invitaron al blog de Zanoni así que hoy me encuentra clickeando acá

23 de febrero de 2010

Pasado, s. Pequeña fracción de la eternidad de la que tenemos un leve y lamentable conocimiento. Una línea móvil llamada Presente lo separa de un período imaginario llamado Futuro. Estas dos grandes porciones de la Eternidad una de las cuales borra continuamente a la otra, son eternamente distintas. Una está oscurecida por la pena y el desengaño, la otra iluminada por la prosperidad y la alegría. El Pasado es la región de los sollozos, el Futuro, el reino del canto. En uno se acurruca la Memoria, vestida con un sayal, la cabeza cubierta de ceniza, musitando plegarias penitenciales; en la luz solar del otro vuela la Esperanza llamándonos a los templos del éxito y los pabellones del placer. Sin embargo, el Pasado es el Futuro de ayer, el Futuro es el Pasado de mañana. Son una misma cosa: el conocimiento y el sueño.


Diccionario del diablo - Ambrose Bierce
Bueno, esta no me la puedo guardar ni un segundo, el 8 del 4 en el Gran rex toca Jools Holland, después no digan que nadie les había dicho nada!



Eso era con Sterophonic pero lo que sigue es con su big band




Sé que uno va sin “H”, eso es lo que se estila
Aunque digas que me siento el uno como Atila
Cuando la noche me encandila y me descarrila
Vuelvo a ser el último de la fila

Y oscila mi ánimo como un vaivén
Paso de ser un huracán a un maestro Zen
A veces un volcán con el poder de Superman
Y después ya ven, soy Clark Kent.

Veo el futuro y me creo el rey del imperio
Hasta que leo que dice mi tumba en el cementerio
Enserio, si doy corriente como una la anguila
Expira mi pila y me quedo sin un amperio.

Puedo estar en la cima sin nada encima, sin nada encima
Y bien encumbrada mi estimada autoestima
Para en picada caer de esa tarima
Y explotar como la bomba que borro del mapa a Hiroshima

Y empeoro como el clima, cambio abrigo por blusa
Y agarro la bajada acelerada en la montaña rusa
Puedo ser perfecto sin excusas
Soy lo opuesto a lo recto como la hipotenusa.

Bajo y subo
Freno y sigo
Me levanto
Bip bip bip bipolar

Subo y bajo
Freno y sigo (sigo y freno)
Y me hundo
Bip bip bip bipolar

Así que de mi no te fíes
Tengo más tabúes que hindúes y pakistaníes
Puedo poner los puntos sobre la “ies”
Después quedar difunto al esquiar sin esquíes.

Así es de falso mi pensamiento
El que ríe último piensa más lento
Miento si parezco amable y cortés
Soy intocable como Eliot Ness

Hay días que estoy al revés y no encuentro consuelo
Infierno en ascensor envés de una escalera al cielo
No me salva ___________ ni la suerte de Balzani
Visto como Gandhi pienso como Armani

Mis defectos no me acomplejan
El efecto de la pena son balas que me aquejan
Las veo como marcas en forma vaga
Y más que cicatrices después me parecen llagas.

Bajo y subo
Sigo y freno
Me levanto
Bip bip bip bipolar

Subo y bajo
Sigo y freno
Y me hundo
Bip bip bip bipolar

“Pau” como un boxeador underground
Que nunca pasa el primer raund
Pero le dejo la proa
Y fuerte como una boa siente que gano mes peleas que Rocky Balboa
(No me jodan)

Un príncipe azul me siento a veces confieso
Otras no tanto, abuso ando mendigando un beso
¿Y eso? Un cóctel de aceite y agua
Parezco dirigido por Buñuel y Kurosawa

_______________ lo que siento
Y de esos sentimientos enseguida me arrepiento
Entonces en cuanto mis respuestas de afilan
Flotan en el viento como las de Dylan

Y giran, desfilan y me fusilan el alma
Y hacen calma y otras que quieren un arma
Mi alma se desarma como un archivo zip
Y empieza a sonar mi alarma bip bip bip

Bajo y subo
Freno y sigo
Me levanto
Bip bip bip bipolar

Subo y bajo
Freno y sigo (sigo y freno)
Y me hundo
Bip bip bip bipolar

Esta lucha la tiré en un comment en La lectora provisoria pero en ese blog se ponen a competir para ver quien es es más brillante y estas cosas medio pajeras las dejan pasar sin darles bola, ellos se lo pierden






Por un lado Altuna y por el otro Manara, un clásico de las historietas, cuales nos gustan más las minas de Altuna o las de Manara?



El hombre es como el carpintero:
El carpintero vive y vive hasta que muere.
Y al hombre le pasa lo mismo

Schjolem Aléijem


Genocidio 2 - Geno Díaz
Hoy estuve un rato en la FM rock 97.3 y los musicalizadores, ojo se musicaliza a mano no con esos programas que arman listas de temas, estaban tirando temas de lluvia, Eran las 15 y en el centro diluviaba, pasaban desde Donde va la gente cuando llueve a Rainy Day Women No. 12 & 35 pasando por No dejes que llueva, Tiramos con El escritor portátil algunas opciones pero me rechazaron esta!

21 de febrero de 2010


Esta nota la tenía marcada desde hace un tiempo y se me fue pasando. Juan José Becerra escribió un libro titulado Patriotas en el que se encarga de desmenuzar el discurso de los mayores referentes de la oposición y para eso se tuvo que leer el bodrio ese de Aguinis y seguir a algunos personajes que más vale perderlos que encontrarlos.
Juan José Becerra, autor de “Patriotas” desmenuza el discurso de varios referentes antikirchneristas. “Son los que no invitaría a mi cumpleaños”, dice.
No leí el libro pero no dudo que se debe haber hecho un festín Becerra con ese material.

“Sueñan un país que no existe”
Juan José Becerra, autor de “Patriotas” desmenuza el discurso de varios referentes antikirchneristas. “Son los que no invitaría a mi cumpleaños”, dice.

Por Juan Morris

"¿Por qué no puedo hablar de ellos, que están todo el día metidos en mi casa, diciéndome cosas, tratando de convencerme de esto o aquello e incluso agrediéndome, muchas veces?”, se preguntaba el novelista Juan José Becerra cuando en 2007, en una primera excursión a la patria mediática que él definió como su propia excursión a los indios ranqueles, publicó “Grasa. Retratos de la vulgaridad argentina”, una colección de ensayos en los que se metía con personajes como Alan Faena, Marcelo Tinelli o Mauricio Macri. La misma pregunta podría servir para justificar su nuevo libro, “Patriotas. Héroes y hechos penosos de la política argentina”, en el que Becerra desmenuza los discursos de algunos de los personajes públicos con más resonancia, como Marcos Aguinis, Joaquín Morales Solá, Francisco de Narváez o Alfredo de Angeli.


Juan José Becerra
En el ensayo sobre Aguinis, por ejemplo, Becerra decodifica la matrix del estilo que usa el autor de “¡Pobre patria mía!” para criticar al gobierno. “La base del estilo consiste, por lo general, en enlazar un sustantivo vinculado a lo institucional con un adjetivo asociado a las infecciones”, sostiene Becerra. Y después cita algunos ejemplos en los que Aguinis habla de “las listas sábanas llenas de pus” y asegura que “los historiadores revisionistas, superficiales o ideologizados, inyectan ponzoña intravenosa” o que la confiscación de los ahorros en 2001 “ardió en la piel como un ataque de urticaria”. Está claro que Aguinis, que además de escritor best-seller, es neurocirujano, dedicó muchos años a estudiar medicina.

Más adelante, en el texto sobre el analista político Joaquín Morales Solá –en el que describe el “semblante papal que exuda” su imagen–, analiza la distancia entre el “temor” y la “reverencia” con la que el periodista habla de Washington y “el mundo” a la adjetivación con la que se refiere a Venezuela o Rusia. “El mundo es un sistema, un orden, una organización con aires de gerencia que, como la palabra Washington –fetichizada por brillos de un expresionismo positivo-, no requiere ninguna correspondencia de sentido: habla por sí misma. En cambio, aquello que el mundo no es, sí hay que adjetivarlo”, escribe. Y cita un artículo en el que Morales Solá se refería en tono crítico a la política de relaciones exteriores de los últimos años de la Argentina que había salido a buscar inversiones en la “imprevisible Venezuela”, en la “rígida y pretenciosa China”, en la “pobre Angola” y en la “autoritaria Rusia”.

La elección de estos personajes tiene que ver con que todos ellos, con mayores o menores limitaciones, en sus discuros plantean reflexiones sobre la Argentina o, más emotivamente, la patria.

- ¿Cómo cree que juega el tema de la patria o de cierto nacionalismo en todos ellos?

- La patria es para ellos todo lo que la Argentina no es. Mejor dicho, todo lo que no se ajusta a sus deseos. Es una idea ligada a una fantasía de progreso, al mismo tiempo retrospectiva y futurista: lo que fuimos, o lo que vamos a ser. De lo que somos no les interesa hablar. Creo que tienen una relación oscurantista o pueril con la política. El presente sólo les interesa para anularlo y sustituirlo completamente por una Argentina dorada que nunca se vio y que ellos imaginan afuera de América Latina.

- ¿Y por qué decidió centrar el análisis en lo discursivo y no tanto en los personajes?

- Porque me parece que en el lenguaje hay una verdad que casi siempre se fuga de la imagen. En el lenguaje hay una verdad más estable, más precisa y más profunda que la que puede haber en cualquier gesto de conquista visual. Pero la atención casi exclusiva del discurso tal vez obedezca a que pertenezco al mundo de los libros, un mundo en el que se lee o se escribe, operaciones que veo contrarias a la contemplación boba de la imagen.

- ¿Cómo trabajó con la indignación que pueden provocar algunos de esos discursos?

- La indignación es el origen de este libro, pero como justamente se trataba de un libro sentí que no tenía ningún derecho a que la indignación, es decir el romanticismo, fuese la fuerza que lo escribiera. Mi idea siempre fue partir de la indignación como si fuese una plataforma, y abandonarla de inmediato para dedicarme a pensar y a escribir. En cuanto a la lectura de Aguinis, por ejemplo, fue una experiencia muy desagradable que ojalá nunca más vuelva a experimentar, pero en la que me pareció ver un efecto insólito: Aguinis es tal vez el único escritor del mundo que utilizando los recursos de la autoparodia intenta producir un efecto de seriedad. Algo imposible, porque de ese desarreglo sólo puede surgir el chiste que lo destruye.

- Mucha gente tiene su relación personal de amor/odio con el kirchnerismo. ¿Cómo es la suya?

- El kirchnerismo no me despierta amor pero tampoco odio. Hay cosas que se han hecho desde 2003 que me han gustado mucho, y otras que no me gustaron nada. En el fondo es un gobierno, ¿no? No es un coro de ángeles. Pero lo cierto es que el discurso kirchnerista no me resultó atractivo para analizar, quizás porque está demasiado presente. Es una máquina transparente que se puede ver a simple vista. En cambio, la lírica de la cultura conservadora, con sus pretensiones de hacerse pasar por un pensamiento recién nacido, se ha vuelto muy opaca y comienza a girar masivamente hacia la mala fe.

- ¿Cuál de los ensayos disfrutó más escribiendo? ¿Y cuál de esos personajes le cae peor?

- En general, me gustó escribir el libro entero, pero sus personajes no me caen ni bien ni mal. No tengo nada personal contra ninguno de ellos. Sí, en cambio, contra muchas de las cosas que piensan.

- ¿Suele consumir televisión? ¿Hay series o programas de televisión que le gusten?

- Soy un telespectador que consume de todo, pero nada de manera completa. Digamos que soy un espía, incapaz de entregarse al sedentarismo o la fidelidad que se necesita para seguir la línea de una serie. La última que vi fue Twin Peaks, hace mil años.

- ¿Le parece que los escritores deberían meterse más con los personajes de la cultura popular, que deberían reflexionar sobre ellos igual que lo pueden hacer sobre una película de Lucrecia Martel o sobre un libro de Aira?

- Sin dudas. Yo discuto mucho este tema con amigos escritores y todos están de acuerdo. Personalmente, lo siento como una cura y un deber de mi yo más civil: tengo que hacerlo, aunque termine embadurnado de literatura trash. Un amigo me dijo que “Patriotas” es mi probation. Tiene razón. Leer a Aguinis o al rabino Sergio Bergman es más un castigo que un placer.
No hay video de este tema pero si clickean en la letra van a un sitio para descargar el disco entero,
La versión de Pablo Milanés y Charly García es una rareza y algo que vale la pena escuchar

Los años mozos

Los años mozos pasaron,
y ahora a saber que hay que ser
y hay que estar.
Duro el camino que queda,
y ahora a saber caminar.
Y hay que andar.

Fuera los falsos valores,
a mí sólo llega
quien sabe de hombre calzar,
y hasta los tristes amores
que tantos dolores
me hicieron un tiempo pasar.

Y ahora tengo mis poros abiertos
para lo que hay que hacer
y está hecho,
o esperar mi muerte
abriéndome el puente
y diciéndome, “puedes pasar”.

20 de febrero de 2010

Resulta que Ale Fantino anunció en su programa que se va a meter en política y que llamará como secretario de cultura a su coprovinciano Roberto Piazza.
Sabú Champagne!


Parece que el gobierno de la ciudad va a comprar gomones
Ya que estrenaron Invictus no podrían haber reeditado libros de o sobre Mandela?

19 de febrero de 2010


Macri y su gente dirigen los trabajos de rescate en la ciudad de Buenos aires
Juntamos firmas para matar a cristobal repetto, a la fernandez fierro, a dema y a todos esos que hacen algo que quieren llamar tango y son unos mamertos que no les dio el pine para hacer rock, solo bancamos a Melingo. Tampoco bancamos a los hijos de Pinky que nunca pudieron vender un disco de El signo y entonces decidieron meterse con Piazolla y tocar eso que llaman tango electrónico en la lobby del Claridge, muy maraca!
En su recordado espectaculo SALSA CRIOLLA, Enrique Pinti impuso un HIT que constantemente ha sido repetido en todo ciclo de radio, tv o entrevista que se precie de hacer alarde a los lugares comunes.


Repetir estrofas como:
Pasan los mecenas, pasan los censores,
pasan hipócritas y moralistas,
tiempos peores y tiempos mejores,
quedan los artistas.

Ha sido una constante, sonando como verdad absoluta, en todas las notas que le hacian a gente como Victor Laplace, Jorge Luz o Mariano Peluffo.
Pues bien, si tomamos los suplementos de espectaculos de los ultimos meses...donde hay mas necrologicas que criticas de teatro...debemos aceptar la triste conclusion: PINTI SE EQUIVOCO.
Ya ni siquiera...quedan los artistas.

RAFAEL KRIKOR
Quizás porque el día está gris, o porque estamos con ganas de hinchar las pelotas o por las dos cosas juntas es que elaboramos con el equipo creativo este top ten de canciones que van para atrás.

1- El amor desolado

2- Construcción

3- Te recuerdo Amanda

4- Era en Abril

5- La cantata de Santa María de Iquique

6- Pueblo blanco

7- Las coplas del payador perseguido

8- Afiches

9- Corralero

10- Como de Costumbre


El primer puesto no sólo es un bajón sino que además es yeta, dejenme resaltar para los que no crean en esas cosas el puesto nuevo no pude poner el link a su interprete original porque es tan yeta que en facebook no andaba el video!

Se quedaron en la puerta De alguna manera de Aute y Adonde van de Silvio Rodriguez pero sé que ustedes van a sumar otras que no sean solamente en castellano.
Quien lo hubiera dicho, la mejor nota sobre Sandro se escribió un mes después de su muerte y de no haber sido por El escritor portátil se me hubiera pasado.
Pepe Eliaschev dejó de lado el personaje candidato a la estatua de Bronce y se despachó con una crónica inesperada de su relación con Sandro. Cuanto mejores son los periodistas cuando periodistean, pasen y lean


Un mes despues de su muerte, un Sandro privado y de local

El amor y la locura

Una entrevista íntima al Roberto de Banfield que lo llamaba a Radio Nacional desde 2004, sin revelar su identidad. Primero fue la charla para los oyentes y una noche, el hombre que enamoraba a miles de fanáticas lo recibió en su mansión y conoció la parte más privada del ídolo popular. Las horas compartidas detrás de esos muros, que fueron el marco para las confesiones de una vida bien vivida, que iban desde Dios, la ideología, el amor, los sueños, los excesos y su particular visión de la muerte. El señor Sánchez, el cantante mito de varias generaciones, le abrió su corazón a un periodista que admiraba.

Por Pepe Eliaschev



Tantos hablaron tanto de él, que volver al tema hoy parece desacoplado. Sin embargo, vale la pena, sobre todo porque, en la relativa molicie de enero, dio la sensación de que sus íntimos eran legión. Por eso, decidí contar algo de lo que me tocó vivir, aunque tan luego sea para exponer la melindrosa voracidad de quienes lloraron lágrimas de cocodrilo como si realmente hubieran pertenecido al círculo íntimo de ese curioso personaje que empezó a llamarme en el verano de 2004.
Yo conducía Esto que pasa por Radio Nacional desde 2001, pero ya en los primeros meses del gobierno de Kirchner, la situación en la radio se fue haciendo insufrible. Pero aguantábamos y, en condiciones de extrema penuria y sin honorarios, mi programa continuaba. Desde febrero de 2003, se empezaron a recibir en los teléfonos de la producción del programa (4322-0304 y 4322-1855) llamados de un tal “Roberto de Banfield”. Comentaba mis editoriales, analizaba mis reportajes, opinaba sobre la música que yo ponía. En la cuarta o quinta oportunidad que “Roberto de Banfield” salía al aire desde el contestador automático de la producción, una de mis colaboradoras se me acercó con la mirada más maliciosa que lo habitual en ella y me preguntó si ese “Roberto de Banfield” no sería Sandro. Dispuesto a abrirle el micrófono, empecé a responder a sus mensajes preguntándole al aire si ese Roberto no se apellidaría Sánchez y en tal caso, que me gustaría que sus preguntas y comentarios entraran directamente. Le dimos un número y llamó. Charlamos al aire y desde ese lugar, cuando lo invité a que viniera a la radio, en Maipú 555, me dijo que prefería que yo fuera a su casa. Lo hablamos por línea privada y me confesó que le encantaría que lo entrevistara, “pero, la verdad, lo que más quiero es invitarte a que conozcas mi casa y a que cenes conmigo aquí”. Agregó: “Vos no te preocupés por nada, te mando a buscar a la radio y a la noche te llevo a tu casa”.

Lo hicimos. A comienzos de mayo de 2004, una combi manejada por su colaborador Charly me esperó a las 20 en la puerta de la radio y a las 20.45 entramos a la mansión de Sandro, que me esperaba en su bar personal.

Noche inolvidable. El reportaje, registrado en mi primer grabador digital, salió al aire el 6 de mayo de 2004. Pero fue una excusa, apenas un pretexto. Cenamos. La comida la preparó y sirvió la mujer con la que vivía en ese otoño de 2004, María, a quien llamaba “La Faraona”. Fue un banquete, regado por vinos de colección y con vajilla y platería de lujo. ¿Seducción? Puede ser, ¿pero cuántos más fueron invitados a comer, fumar, beber y conversar con y por Sandro, en su propia casa?

Ya eran las dos y media de la madrugada. Antes de irme, tenía un pedido y una sorpresa. Me preguntó si me molestaría que el chofer que me trajo y me llevaría nos sacara una foto, juntos, al lado de la mesa donde terminábamos de cenar. ¿Cómo me iba a molestar? Cuando ya me iba y me ayudó a ponerme el abrigo (la única otra persona que siempre hacía eso conmigo fue Raúl Alfonsín, cuando me acompañaba hasta el ascensor de su departamento), Sandro anunció, medio embarazosamente: “Tengo algo para vos”. Se abrió una puerta y apareció un asistente con una pesada caja. Me quedé mudo. Abrilo, abrilo, me dijo. Me puse en cuclillas y lo abrí. Eran los seis enormes tomos del Diccionario crítico etimológico castellano hispánico, de Corominas y Pascual, en la edición española encuadernada de lujo. Yo seguía mudo. Atiné a un “¿por qué?”. Me empujó cariñosamente a la puerta y mientras cargaban la caja en la parte de atrás de la combi, me dijo: “Alguien que me ha hecho soñar y pensar con su uso del lenguaje, lo menos que se merece es tener en su casa este sencillo testimonio”, me dijo. Me besó en cada mejilla y nunca más lo vi. La foto no tengo derecho a publicarla. A Sandro no le hubiera gustado y tendría razón. Desprovista de muchos fragmentos personales y de párrafos muy íntimos que hoy, fallecido Sandro, no quiero divulgar, ésta es la transcripción de la charla, que transmití en el invierno de 2004 por Radio Nacional.

¿Al mito uno lo construye, lo edifica? “¡No, no, no! Los mitos se van haciendo, solos, sin querer. Si cuando subí por primera vez a un escenario alguien me hubiera dicho que yo iba a cumplir 40 años con la música en estas condiciones, que vos has visto, a teatro lleno, con ovaciones, con aplausos, con una avalancha de amor que se te viene encima y no sabés cómo pararla, tenía 17 años (los contratos los firmaba mi viejo porque yo era menor), entonces hubiera dicho: “Dale Pepe, dejémonos de utopías y cosas, esto es una cosa de péndex, nos divertimos mucho haciendo rock and roll, enganchamos algunas minitas y esto es un ratito, una travesura, que si dura dos años es maravilloso”. Sobre todo en aquellas épocas en donde el semillero, bien valga la palabra, era impresionante. Escala musical; El Club del Clan; el Campeonato de la canción, La cantina de la guardia nueva…”

—Inicialmente era un juego, como hacer fulbito…

—Tal cual, nada más que a uno le gustaba el rock and roll. No sabía que había otra música. Rock and roll y tango. Yo soy de la barra que coreaba “Pu-Pu-gliese”. Ojo. Yo escuché algo que todavía me sigue emocionando, la versión que hizo el maestro, cuando volvió de Rusia, de La cumparsita, en el club Huracán, año 1963/64. Arrancaba cantando Belluzi, después apareció un señor morocho con anteojos y dijimos: “¿Este quién es?”, y empezó a hablar de cuando él era pibe, del organito… Dijimos: “Que se deje de jorobar este tipo…” Era el negro Mella, hablando como loco, y entró de fondo la voz de uno de los más grandes cantantes que yo he escuchado en mi vida, que se llamó Jorge Maciel. La máquina de afinar. Yo tengo un tema grabado por él. ¿Conocés el tango Recuerdo?

—Sí.

—Conseguilo cantado por Maciel, con la letra. Conseguilo y pasalo en tu programa, por favor.

—¿Jorge Maciel fue el más grande cantante?

—O uno, hay muchos. Pero Jorge Maciel..., un tipo que es capaz de cantar Recuerdo con toda la improvisación, con toda la variación del bandoneón, con notas que son para los locos... Porque no se puede cantar así.

—¿Por qué no se puede?

—Porque es imposible semejante técnica. Es un tango que tengo para aquellos pibes que vienen por acá a pedirme algún consejo como cantante. Entonces les digo: “Escuchá esto, ¿vos podés cantar así?”. Es donde se acaban las palabras. Porque eran tipos que cantaban como locos. Recuerdo cuando entró “el Tano” Maciel: estalló una ovación.

—¿Lo llamaban “el Tano”?

—Sí, el Tano Maciel, el Tano Ruggiero.

—Y en ese momento, cuando las cosas son todavía más que nada juego…

—Hay mucha inconsciencia.

—¿Pero a vos se te planteó la alternativa del tango en serio?

—No. Yo el tango lo sentía, pero no lo podía cantar, no tenía edad, no tenía sentimiento, no tenía la lógica.

—No tenías edad porque el tango necesita edad. ¿Qué tendrías que haber vivido antes para cantar tango?

—Comerte un montón de adoquines, haberse tomado muchos vinos y haber conocido estaños, y un poco del Bajo, de aquella época…

—Pero si no sufriste…

—No, si no viviste. Hay muchas maneras de vivir la vida. Hay una frase que me encanta: “Yo puedo perder la vida pero la vida no me la pierdo” ¿Cuánto dura la vida? Una ducha en el baño, Pepe. Un día pisás el jabón, te caés, te rompés la nuca contra las canillas y se acabó ¿En el programa de quién estaba eso?

—¿Decís que la muerte es una casualidad?

—Para nada. Sí sé que está programada. Lo que pasa es que uno no sabe cuándo viene ¿o te manda una tarjeta o un telegrama? “Estimado señor Eliaschev, dentro de dos días usted muere, a las 14 horas y 25, en su oficina de producción”. No. La vida es cada día, cada sol que ves. Yo me sigo admirando, te lo juro. Después de lo que me pasó, todo mi concepto cambió. No sé si te acordás de que en el recital digo, en una canción (y esto no es chivo): “Un día abrí los ojos, no me acuerdo, no sé, que vi un sol espiándome…”

—A medida que uno recorre el camino de la vida, para usar un lugar común…

—No es tan común. Hay gente que no camina.

—¿Cómo es eso?

—Fácil, Pepe. Si el proyecto es darme una pala, y decir: “Empiecen a cavar, muchachos” y vos tenés un sentido de la vida, un sentido filosófico, sueños y proyectos, vas a tender a cavar derechito y para adelante, vas a abrir un surco, ahí algo va a caer. El viento del destino te lo va a llevar (y esto no es Khalil Gibrán, son esas disquisiciones que uno ha aprendido, tengo 58 años y algo me ha quedado) Y si me quedo quieto y sigo cavando, me estoy cavando mi tumba. Por eso te digo, hay mucha gente que no camina. Si vos vas con la pala, dándole, vas caminando, abrís un surco, si te quedás quieto, te hiciste la tumba. Yo soy de los que caminan.

—¿Te pasa con frecuencia sentir desesperación, no en tu caso personal, que te tocó estar muy enfermo, pero cuando ves seres notables, maravillosos, llenos de vida pero a los que se les corta el camino? ¿Sos de mirar para arriba y decir: “¿Por qué a este tipo o a esta mujer tuvo que tocarles?”?

—Yo siempre creo que hay una especie de plan. Por eso te comentaba, ¿cuánto dura la vida, Pepe? Son preguntas que yo ya no me las hago más.

—¿Esa pregunta te la hacías mucho?

—Sí, desde que cumplí 31 años. Vos acabás de entrar a esta casa; quiero decirte que eso parte del nivel de sinceridad, respeto y admiración que te tengo, porque sos el primer periodista que entra a mi casa en función de periodista. Te lo juro. Jamás entró un periodista a esta casa, acá en el Piano Bar El Gitano, nos juntamos todos los atorrantes, mis amigotes…

—Siempre recibís en otros lugares…

—Las únicas notas que hice fueron adelante, en el locutorio que tengo, un lugar chiquito, en la entrada. Ahí di algunas notas, contra una pared blanca que puede ser cualquier cosa, en función de resguardar mi casa. Igualmente, vos estás acá porque no trajiste cámaras. Si hubieras venido con cámaras, te digo: “No, Pepe, vení vos pero las cámaras no”. Mi vida es mía, me costó 40 años alcanzar estas pequeñas comodidades, pero la desesperación de la gente es tan grande que no puedo ser obsceno, no puedo mostrarle a la gente…

—Te parecería obsceno…

—Sí, porque lo he vivido.

—¿Sabés? Un fantasma que me aterroriza como veterano periodista es preguntar desde lugares comunes, clisés o estereotipos…

—No hay preguntas trilladas, yo creo que hay respuestas trilladas.

—Siempre recuerdo una anécdota del gran escritor Adolfo Bioy Casares, con su fama de Don Juan, muy pintón…

—“Apuesto”, para la época. Tenía “galanura”.

—Cuando lo llamaban para hacer una nota y la voz era femenina, el hombre se preparaba…

—Preparaba el hacha…

—La anécdota es muy simple: lo entrevista una cronista jovencita y muy mona y ella le dice: “Don Adolfo, ¿cuántas novelas escribió?” Entonces él le contesta: “Ah, no, m’hijita, eso usted ya debería haberlo sabido antes de verme, vaya, haga los deberes y vuelva”. Mi intención es hacerle al astro, al ídolo que sos vos, preguntas que…

—Sí, pero en mi caso, esa palabra, ídolo…

—Pero yo te vi en el teatro. Me habían dicho que no iba a poder creer lo que sucede, no te había visto nunca en un teatro, Roberto…

—Bueno, pero te voy a explicar algo. Yo, como vos, soy un pequeño diletante que ama las palabras. Les tengo un respeto impresionante… Por eso, para mí es un chiste eso de que la gente pida un wine delivery. Yo en el ‘93, contaba una anécdota: llegué a un barrio donde iba a trabajar y encontré que en todas las vidrieras decía sale; fast food, y me dije que tal vez sería para los turistas, pero era en Morón… Entonces, cuando digo: ahora voy a presentar a una actriz, no le griten ni “genia” ni “ídola” porque es una mujer…

—En una parte de tu recital abominás de la palabra “ídola”… Hay un hablar de la época que es perverso.

—Claro, cualquiera es ídolo. Yo soy un tipo que tiene que laburar para que todos los días me salga mejor.

—Me dejaste pensando con eso de “agarrá la pala y dale pa’ adelante”. Mucha gente dice que depende de la voluntad de uno hacer su propia felicidad ¿Es así realmente?

—Yo no digo que sea así, pero hay que trabajar para ella. En esta casa hay una quinta y tenemos un gallinero. Acá, todos los días se cuida a las gallinas, se juntan los huevos, y se agarra la pala y se planta. Hay unos tomates que saca María que te volvés loco. Es lo nuestro, ¿comprendés? Eso es agarrar la pala. Hay que tener ganas. Cuando llegan esos tomates a la mesa, te puedo asegurar que parecen los duelos de Juan Moreira, a ver quién se come el primero. Porque comemos tomates ¡con gusto a tomate! ¿Pero qué hay que hacer? Agachar el lomo, agarrar la pala, y después disfrutar esa pequeña cosita que es un tomate del que podés decir: “Es mío y yo me lo gané. ¿Por qué? Porque lo trabajé”. (Yo no, María, mi mujer, lo hace). Entonces, eso es estar dándole para adelante. El 17 de noviembre del año pasado, decidí que iba a volver al escenario. En marzo, cuando salí de la clínica, creía que se había acabado mi carrera, mi vida…

—Hay una cosa disciplinante tuya para tu público, un par de gritos de puesta en orden. ¿No te asfixió nunca el reclamo femenino para con vos?

—No. No. No. Forma parte de un juego tácito. La mujer que me va a ver al teatro, va a ver un Ríver-Boca. Van a descargar, a liberar, por eso las llamo “mis nenas”, porque crecieron conmigo, la mayoría son de 40 para arriba. Ahora se está acoplando la gente nueva.

—Vi chicas jóvenes…

—Esto es como una religión, por tradición y costumbre (risas). Van la mamá y la abuela. A mí me parece fascinante. Comienza ese juego tácito porque saben que es así. Si yo me pongo serio en el escenario se hace un silencio…

—Vos les pedís silencio porque “van a ver un espectáculo, con una letra, con una trama”, les pedís que escuchen, que no sean gallinas, que no hagan ruidos “de corral”. ¿No se sienten maltratadas?

—Se portaron divinas… Saben que lo que les digo es cierto. Porque, suponete que estás cantando un tema, poniendo el corazón, como El maniquí, un tema que a mí me desgarra cada vez que lo canto: “Tan sólo queda el fin del viejo maniquí…” Yo me juego la vida en esos temas. Tengo que hacer emocionar hasta la última persona, y en el Gran Rex eso no es fácil, no son 200 butacas. Tengo que llegar hasta allá arriba. ¿Sabés lo que me cuesta? Y de repente, aparece una descolgada que, pobrecita, se dice “ahora en medio del silencio, le grito que lo quiero”. Y me grita que me quiere desde el fondo de su corazón, con toda el alma. Pero no sabe que a mí me partió el corazón en el medio del tema. Me rompió el drama. ¿Qué querés que te diga? ¿Que te odio? No. Vení que te doy un beso. Pero después, mamita, no me lo digas ahora. No sé si queda bien claro. Por eso te decía, la carga de amor, de cariño, que me dan, es tan grande que hay que saberlo sobrellevar…

—¿Seguís pensando en tu imagen, sobre lo que les pasaba a las mujeres cuando estabas en escena? ¿Era sexo, era emotividad desaforada, era ternura, era algo maternal? Quizás ven otra cosa, ¿pero qué están viendo?

—Antes, me acuerdo, según algunos sociólogos, se lo llamaba orgasmo emocional, lo que provocaba un tipo que cuando fue a dar una prueba, uno de los popes del cine argentino le dijo: “No. Tiene mucha boca y mucho pelo, con usted no pasa nada”. Como cuando Lito Nebbia me cantó La balsa en La Cueva; yo le dije “dejate de joder, con eso no pasa nada”. Mirá el sentido comercial que tenía yo… Justo con La balsa, el himno roquero argentino.

—Aparte, el himno de un boliche muy especial, que conocí…

—¿Ibas a La Cueva?

—Estuve en La Cueva a partir de 1966…

—Yo ya no estaba. Fue cuando empecé a sentir un olor extraño que venía de los baños… Como yo estaba en la caja, al lado del baño, uno me dijo que eso era maconha, en vez de marihuana… Y, automáticamente, me fui. Porque yo ya era Sandro y Los de Fuego, tenía un lugarcito, y no estaba en el palo… Yo no tomé nunca drogas porque les tuve terror… Pero no sé si terror a la droga o a mí.

—Te arrepentís de haber sido un fumador empedernido…

—Por eso te digo, ¿te imaginás si hubiera agarrado la droga? Lo que hubiera sido. Porque uno “el tintinela” lo puede administrar… es la mejor de las locuras…

—¿Cómo convive uno con la locura administrada?

—Cuando tenés que vivir una especie de vida absolutamente normal, como la mía, la gente cree que es todo jolgorio, subirse al escenario, ponerse la bata roja y… “¡Dame fuegooo!”… Después, cuando volvés a tu casa, lo único que tenés es una señora que te espera, ya por condiciones impuestas desde el primer momento, como si fueras un trabajador del andamio. Llego a mi casa y mi mujer me está esperando con la cena, y me voy a dormir, y después al otro día tengo que convivir en estas cuatro paredes, donde me salva el que yo me escape a mundos donde a muy poca gente puedo llevar, que es la composición, la música. Aunque te parezca mentira, yo también tengo sueños… Es un gran juego tácito. Se produce una gran felicidad espiritual. Yo lo tomo así, no me compro lo que vendo, no me creo nada de lo que me dicen ahí arriba, sí creo que me quieren, porque no hace falta que me lo digan, lo siento. Si vieras las cartas que me escriben, Pepe... Tengo una caja llena de rosarios. Y otra grande llena de Biblias.

—¿Sos religioso?

—Sí. Antes no, porque mi viejo era anticlerical…

—¿Era ateo?

—No. Creía en Dios.

—Pero no era chupacirios.

—No. Y a mí me bautizaron. Me enteré hace poco dónde me bautizaron porque, si no, no te dejaban entrar al colegio del Estado. Me bautizaron en una capilla en Monte Grande.

—¿Por qué fueron tan lejos?

—Porque mis abuelos vivían en Ezeiza, entonces mi abuela y mi abuelo salieron de padrinos, porque al nene había que bautizarlo. Entonces, toda la formación que yo tuve fue, no te digo anticatólica, mi viejo era amplio…

—Se nota que sos un tipo que mamó amplitud de criterios.

—Gracias a Dios…

—Que una persona de tu trascendencia establezca relación con un periodista tan ajeno a tu actividad habitual, con angustias tan diferentes, llama la atención…

—Pero tus angustias son las mías. ¿Qué país queremos, querido? Yo no soy de izquierda ni de derecha, porque sé que los dos –ya lo aprendí con los años– se dan la mano atrás de la espalda. Vení a convencerme de lo contrario. Quiero hechos. Tengo tres hernias en la parte abdominal. ¿Por qué? De tantos golpes bajos que recibí en este país. Me cuesta mucho cuando hago Dame fuego, ¿viste que me agacho? Es para descansar, porque me muero por los dolores. Pero ¡vamos para adelante! No quiero más estas cosas que nos están pasando. Estoy harto del doble discurso, de falacias. Estoy harto de la obscenidad. Mi viejo veía todo y decía: “Che ¿y éste a quién le triunfó?”

—Es como “a quién le ganó”.

—A quién le ganó, no. A quién le triunfó. Es otra cosa ganarte el triunfo.

—Es mucho más contundente… Me quedé pensando en la religiosidad porque en el espectáculo tuyo que vi, hay mucha presencia de Dios, de la Virgen. ¿Cómo es esta religiosidad tuya en la vida cotidiana? ¿Rezás?

—Yo rezo a la mañana y a la noche, y de rodillas. ¿Por qué te voy a mentir? Le rezo, a pesar de que he llegado a tener tremendos crucifijos de marfil, oro y plata, a un crucifijo chiquito, que vino pintado sobre una especie de caracolito con un Cristo de plástico pegadito, que me lo regaló mi nieta cuando tenía seis años, cuando fue a Tandil en una excursión. Es la cosa más pura, sin carga… Ahí está mi Dios.

—Cuando rezás, ¿qué pedís?

—¿Querés que te diga toda la oración? Es larga. Empiezo: “Gracias, Dios mío, por este nuevo día, donde reflejás toda tu gloria y me das la vida para poder verla. Gracias, Padre, por el día de ayer, con los inconvenientes, con los avatares, con los dolores, con los sufrimientos, con los buenos alimentos, con los buenos amigos y por el reposo reparador”. Después viene el mangazo: “Padre mío, te pido que protejas esta casa y a todos los que viven en ella, sin excepción, desde mis perritos a mis palomas, mis gallinas, a todos los que vivimos”. Después le pido que aleje de nosotros a todos aquellos o aquellas que pretendan hacernos daño: “Te pido que pongas tu mano sobre esos corazones que están llenos de odio, de soberbia y resentimientos, y llenes sus corazones de amor, de humildad y de resignación. Y de última: “Dios mío, te agradezco todo lo que me has dado que ha sido tanto. Te agradezco todo lo que me sigues dando. Gracias por permitirme tener lo que aún me queda”.

—¿Alguna vez te indignó que siendo el Todopoderoso tan todopoderoso, pasen cosas terribles, como las guerras, las violaciones, los asesinatos?

—Otra de las cosas que le pido a Dios es: “Padre, te pido que en todo el planeta detengas la violencia en todas sus formas”.

—Pero la violencia no se detiene…

—Es el plan de él. No te olvides que Dios escribe derecho con letra torcida…

—¿Cómo ha sido tu experiencia con los periodistas?

—Yo creo que hay una sola clase de periodismo, el tiburón, el que va adelante en busca de su objetivo. El que te muerde, como en Todos los hombres del presidente. Después están las rémoras, un cardumen que viaja permanentemente con el tiburón, como las hienas, y se comen lo que deja. Un periodista es un tiburón, que va pra frente (pronuncia, en portugués, pra frenchi), que se lleva por delante todo lo que se mueve, todo lo que ve, todo lo que cree que de alguna forma debe ser realmente informado. Pero con objetividad, informándose, no desinformando. No como aquel viejo axioma: “Que una verdad no te vaya a joder una buena historia”.

—Ah, lo conocías… Que un buen artículo no sea perjudicado por la verdad, que nunca termine siendo el eje de un buen artículo…

—¡Exactamente! ¡Tal cual! Ya estamos hartos de “miente, miente”, de todas estas huevadas. Aparte, yo ya estoy harto de la realidad y lo real. ¿Qué es lo real, Pepe? Ahora te entrevisto yo, mirá cómo se dio vuelta la noche…

—Podría decirte que lo real es lo que pasa en este momento en las afueras de una gran ciudad argentina. Pero para otros, capaz que lo real está aconteciendo en un sanatorio del barrio norte de Buenos Aires.

—Te voy a explicar mi pequeña, limitadísima, capacidad que tengo para esto. Más ahora, que tengo un pequeño don para escribir algunos poemitas sensiblerones…

—¿Sos sensiblero, en serio?

—¿Por qué no? Me encanta.

—Es una palabra un poco desprestigiada, sensiblería es algo diferente de sensibilidad…

—No. Para ser sensiblero tenés que tener muchísima sensibilidad. Si no, no podés serlo.

—¿Lo romántico nunca te pareció cursi?

—Al contrario.

—Tiene mala prensa el romántico. Se dice: “Es muy romántico, usa la sensiblería”. ¡Y es un tipo que le está diciendo a la mujer que la ama!

—¿Sabés qué pasa? ¡No se anima a decírselo el tipo que dice eso! Quizás porque no las tenga bien puestas.

—Entonces es una cuestión de virilidad…

—Yo creo que sí, mal entendida. ¿Quién no lloró por una mujer? Y sin embargo, pocos tipos te dicen que sí. “Yo me acuerdo de fulano y se me parte el alma.” “Tengo una mujer fantasma.” “Estoy casado con ésta que es divina, pero tengo un sueño escondido.” Y hay poemas escondidos detrás de los boletos de tren. Eso es romanticismo, el amor romántico. Si querés, empezamos a hablar de trovadores y troveros de la época de la lengua de Oc...

—Hablemos de los hombres…

—A los hombres no nos enseñaron ni a llorar ni a hacer pipí de parado, que aparte es muy incómodo.

—¿Tenemos alguna capacidad o discapacidad de sentir muy diferente a la de las mujeres?

—Yo creo que la diferencia está en que el hombre vive la vida y la mujer la siente. Es ahí donde yo creo que nos llevan la ventaja. Ellas sienten en su vientre una cosa que va creciendo y nosotros jamás; lo único que nos puede “crecer” es lo que la hizo posible (sabés a qué me refiero). La mujer siente la vida del hijo. ¿Cómo podés? ¿Cómo podemos? (me pongo en un lugar auténticamente masculino-femenino, con toda la amplitud). ¿Cómo puedo saber yo qué está sintiendo, suponete, una hija mía que está embarazada? Ahora no, pero cuando estaban embarazadas… ¿Qué tenés ahí adentro? ¿Qué te está pasando a vos? Ves que le cambia la vida, le cambian los ojos, le cambia la mentalidad. Le cambia todo. Y nosotros, la mayoría, somos meros espectadores. Si no, entramos en una especie de hipocresía: “Yo soy un buen papá y voy a filmar el parto”. El parto es de ella, no es tuyo. La que tiene que pujar y la que tiene que luchar es ella. Vos después desaparecés porque te fuiste con otra, y te olvidaste de pasarle los alimentos, ¿o no es verdad? ¿Cuántos hombres hay de verdad?

—Que no pasan alimentos hay muchos y muy famosos…

—Olvidate. Yo sé a lo que nos estamos refiriendo, pero no importa, no quiero entrar en eso. Estoy hablando de una masa impresionante, que te dicen: “No tengo la guita que ella me pide”. Mentira, por ahí la tienen, pero a nombre del cuñado o lo que fuere, por esa cosa viril de “se acostó conmigo y tiene un hijo, que se la banque”.

—Eso es horrible…

—Claro que es horrible.

—Pero hay otra cosa que pasa mucho ahora, dejando de lado su costado político. Juan Carlos Blumberg, en sus actos contra la inseguridad, termina con una oración pidiendo por su hijo Axel. Hay algo muy curioso en la Argentina que todavía nadie pudo responder. ¿Por qué no hubo Padres de Plaza de Mayo? ¿Por qué hubo y hay Madres? ¿Y los padres, qué? ¿No sufrieron? Sí que sufrieron. ¿No tuvieron pérdidas? ¿Cómo que no tuvieron pérdidas? Vivían de otra manera y se fueron muriendo…

—¡Absolutamente de acuerdo! ¿Sabés cómo hacían? Apretando los dientes. “A mi hijo se lo llevó la batalla”. En cambio, la madre dice: “A mi hijo se lo llevó un asesino”.

—¿Odiás los tatuajes?

—Absolutamente sí, los odio. Por dos razones. Porque, primero, el cuerpo te lo da Dios. Tu cuerpo no es para ir a pegarle cualquier porquería encima. Y, segundo, me acuerdo que iba a esos negocios donde atendía gente que hablaba de manera “rara”. Decían, por ejemplo: “Doña Nina, ¿come va? ¿Cuánto va a llevar ‘desta’?” Y medían con un metro de madera que era de 92 centímetros… “Y ‘boino’, ¿qué más va a llevar?” Yo les miraba en los brazos unos números azules que tenía tatuada esta gente, y una vez pregunté: “¿Por qué tienen esos números en sus brazos?” Mi vieja tampoco me supo responder. Yo tenía cinco años y hacía cinco que había terminado la Segunda Guerra Mundial. Años después, me di cuenta de que eran tatuajes de la muerte en los campos de concentración. Tengo fotos, en un libro que no pude terminar nunca de leer, que se llama Yo fui médico del diablo. Un cirujano alemán al que, por ayudar a un judío, lo mandaron adentro, le armaron una cama, y tuvo que asistir a Mengele. Tiene fotografías impresionantes, de lámparas, con unas figuras maravillosas, ¿y qué eran? Piel de los gitanos con unos tatuajes preciosos… Hoy me siento un privilegiado, Pepe. Aprendí tantas cosas… Entre las cosas que aprendí que me causaban mucho dolor, y el dolor todavía lo tengo metido, fue la yerra. ¿Qué diferencia hay entre la yerra y un tatuaje, si los dos van a morir?

—No sabía que el tatuaje era una costumbre típica de los gitanos…

—Sí, tienen de mil formas y maneras. No te olvides que están desde antes de Cristo. Los gitanos eran tribus que siempre estaban detrás de los grandes ejércitos conquistadores, iban detrás de los babilonios, detrás de Atila, porque eran grandes veterinarios, grandes trabajadores del metal. Arreglaban las herraduras, las espadas, las corazas…

—Y con esa predilección por leer la suerte…

—Es que vienen de Egipto, pasan por Egipto, porque, en realidad se supone, que son del norte de la India. Son los auténticos arios. También pasaron muchos años por Israel, pasaron por Armenia. Por eso, si te detuviste a escuchar un poco la música, en la primera parte de mi espectáculo pusimos la composición de Jachaturian, para no volvernos muy locos, Tiempo de gitanos. Yo quería ese espíritu auténtico de nuestra gitanería, porque ese pueblo, ¿sabés qué, Pepe?, lamentablemente se va trasmutando. Y esto me parte el alma…

—Pierden su característica…

—La nueva comunidad de los gitanos. ¿Sabés quiénes son los nuevos gitanos en la Argentina? Son los cartoneros.

—¿Por qué?

—Porque son despreciados, los rajan de muchos lados. Revuelven los tachos de basura. Son los nuevos gitanitos ¿Qué vamos a hacer? ¿La rumba del cartonero? ¿Por qué razón tienen que estar viviendo en lugares absolutamente inhóspitos?

—A vos que te gusta la Edad Media, te digo que los periodistas somos como los juglares de hace muchos siglos, cronistas, gente que escribe o cuenta lo que ve. Mientras hablamos, Roberto, aquí en el bar de tu casa, en Banfield, afuera está refucilando… Uno se siente protegido en tu casa, incluso ahora mismo, que está tronando…

—¡Rejucilando! Como dicen en el campo: “¡Cómo rejucilea!, ¿vio?”. ¿Sabés a quién le compré esta casa? A don Mauro Fernández Barrios, el tío de Silvia Fernández Barrios. ¡Mirá qué historia! Y los padres de Silvia se conocieron acá. Ella nació y venía a jugar acá. A veces le decimos cariñosamente La Negra. “¡Hola, Negra!” “¿Qué tal? ¿Cómo está la casa?”. “Esperándote.” (Con esa cosa que uno usa porque es cortés.) ¿Sabés lo que es esto? (toca las paredes de la mansión). Paredes de cemento armado y de 45 centímetros, y acá abajo hay un depósito contra explosivos, que hizo un sueco. Que después la transformé en una mesa redonda medieval, donde trabajaba durante la Guerra de las Malvinas. Para no volverme loco hacía las piedras con cemento rápido, las esculpía una por una. Por eso, no puedo olvidar jamás aquello de “¡estamos ganando!”; y a mí se me caía el cemento de las manos y decía “no lo puedo creer, si los únicos que ganan las guerras son los cementerios...” La verdad, me harté de esa filosofía barata de café. Esa cosa de estar sentados cuatro tipos con un atado de Clifton y un café cada uno, desde las tres de la tarde y empezar a ver cómo estábamos. De repente aparecía un muchacho que tenía un auto último modelo, y entraba al café para hablar por teléfono porque en aquellas épocas en (Valentín) Alsina no había teléfono, y ahí pelábamos toda la máquina de denostación que te pudieras imaginar: “Este, andá a saber a quién le afanó”. ¿Por qué? Ese el ejemplo de nuestro fracaso. Hace muchos años que estoy harto de ser el fracaso de los demás. ¿Por qué me tiene que ir bien a mí y nada más? Un día, se me ocurre comprarme un Mercedes-Benz modelo Pagoda, que la tengo ahí abajo, tiene 35 mil kilómetros. Si querés está a tu disposición….

—¿Y por qué no la usás?

—¡Qué voy a usar! Mercedes Pagoda, 280, divina, nueva, parece que tiene olor a coco todavía, como tienen las butacas. En una época también me compré para mis tropelías donjuanescas, un Fiat 1600 azul. Cuando paraba en un semáforo con el Mercedes, los camioneros, los laburantes, los colectiveros, me decían: “¡Vos sí que te la ganás fácil!”. “¡Qué fácil es la tuya!”, y yo arriba de mi coupé, que me había costado tanto comprarme… Pero si cambiaba de auto, parado en el mismo semáforo, aparece un nuevo personaje: “¿Qué hacés, Sandrito? Mi mujer me tiene podrido con vos. ¿Sabés cómo te quiere? Mi vieja te adora”. Ahora, decime una cosa, Pepe, ¿para qué salimos a la calle, para que nos escupan? ¿Ves lo que yo hablo de obscenidad? Por eso me la guardé, la Mercedes, y la tengo guardada ahí como símbolo de todo esto… La gente tiene hambre, tiene problemas, Pepe…

—¿Ese resentimiento te parecía y te parece natural?

—Pero es natural… ¿Cómo le vas a pasar un buen bifacho por la cara a un tipo que se está muriendo de hambre? La gente no sabe lo que es la palabra obscenidad.

—La obscenidad es la diferencia, es la brecha que hay entre los que tienen y los que no tienen.

—Yo creo que el problema no está en los que tienen y en los que no tienen, sino en los que muestran y los que no muestran, y los que saben ver y los que nunca ven nada.

—¿Cómo te vas llevando con tu enfisema pulmonar?

—Este accidente que tuve, de la neumonía me dejó trastornos…

—Fue un “accidente” en el cual vos tuviste mucha responsabilidad. Eras vos el que se fumaba la vida, Sandro…

—Total y absolutamente… Yo siempre digo, te lo voy a explicar mejor. Yo tengo un enfisema artesanal, que pocos tipos se lo arman.

—Pero que vos te lo hiciste a vos mismo…

—Enfisema artesanal que me llevó 42 años…

—¿A razón de cuántos fasos por día?

—De 20 a 40. Fui yo. Entonces, no le tiro la bronca al de arriba. Digo “perdoname por lo que hice”. Soy consciente. No fue el destino, no fue nada. La cosa empezó de chico, para hacerme el piola agarré viaje cuando uno grande me dio un pucho. Menos mal, mirá si me hubiera dado un porro ¿Qué hubiera pasado? No estaría hablando contigo ahora. Dirían: “¿Te acordás una vez que había un cantante, que se tiraba al suelo?”.

—Bueno, Sandro, vamos terminando; esto es como una especie de despedida…

—No te despidas nunca, Pepe.

—No. Nos despedimos de la nota.

—¿Vamos a decir “cerramos la nota”?

—Cerramos la nota.

—Así me gusta más, dejate de joder, Pepe… A veces te ponés demasiado trágico, yo me doy cuenta, te escucho en la radio todas las tardes. ¡Qué calenturas que te agarrás a veces! Te repito: “Un caballero jamás rompe lanzas con un escudero”.

¿Qué me pedís? ¿Qué administre mis calenturas?

Hay que analizarlas. La calentura es maravillosa. Te pueden a dos lugares, al gran placer del amor en la vida, y la misma calentura te puede llevar a hacer un desastre, con otro amor. El amor no ciego, es miope… El amor no es ciego, antes sí. Cuando la locura lo andaba buscando, porque estaba escondido debajo de los rosales, le clavó la horquilla en los ojos al amor, y el amor le dijo ¿y ahora qué hacés que me arrancaste los ojos? No voy a ver más nada. Entonces concluyó: de ahora en adelante vas a ser mi lazarillo. Por eso el amor y la locura van juntos de la mano.