30 de agosto de 2011

"Ingmar, quien?"


Leo en una vieja edición de El amante, uno de esos ejemplares con la tapa de color amarillo y foto en blanco y negro que en un dossier sobre Ingmar Bergman se cuenta la siguiente historia.

La actriz Carroll Baker le dice a John Ford que le gustaría que el personaje que debía interpretar en El ocaso de los Cheyenes llevara el pelo suelto.

- Como las mujeres de los films de Ingmar Bergman

Ford entonces dijo

- Ingrid Bergman?

A lo que la actriz respondió

- Ingmar Bergman

Ford pregunto quien era Bergman

- Bergman, usted sabe el gran director sueco-

Pero la charla no parecía tener ningún resultado la actriz cambio de tema y siguió con lo suyo y cuando se alejaba escucho que Ford decía

- Ahh, Bergman, el sueco ese que declaro que yo soy el mejor director mundo!

Grandes finales

Proximamente en La trastienda?

Después del éxito por todos conocido de estás tres conocidas dirigentes parece que abandonan la política y se dedicarían a la música.
Jorge Telerman ya dijo que les hace precio por tocar en La trastienda porque averiguaron en River y la cancha en los próximos meses tiene compromisos tomados con el futbol de la B y con un tal Roger Waters.
Las tres se mostraron conformes aunque tocar en River les parecía más a fin ya que con los resultados de las útimas elecciones ellas también se fueron a la B y no parece que vayan a volver en poco tiempo.


29 de agosto de 2011

La nostalgia apesta



(Todos los payasos son tristes menos Gaby, Fofo y Miliky, que son estúpidos- frase de una cabecera de página de Satiricón)

Se fue, no sé si de gira o que, Pipo Mancera y su partida ha sido acompañada con tristeza por el mundo de la televisión y esta muy bien que así sea. Mancera fue una figura increíble de un momento de crecimiento del medio, un momento irrepetible en el que la televisión aprendía a ser ella misma. Desde 1962 a 1974 Mancera hizo in programa ómnibus que se llamaba Sábados circulares de Mancera en el que pasaba de todo. No inventó las cámaras ocultas porque ya se hacían en otros países pero el las instaló en el nuestro. Realizó proezas sobre las que se han escrito y se están escribiendo en este momento. Bajó a la cañerías que corren por debajo de la ciudad, emuló a Houdini, bancó a Sandro y los de fuego y presentó a Virginia Luque con un escote ue hizo que casi los echaran de la televisión. Pasaron por ahí grandes figuras de todo tipo, empezó Serrat y los Zupay cantaron una versión de La marcha de San Lorenzo que horrorizó a muchos.




Pero en casa no se veía a Mancera, el que manejaba el televisor, que era yo, prefería el Sábado de Super acción de Teleonce, con el Monstruo de la Laguna negra y sus clásicos cómo Laura, Gunga Din o El ocaso de una estrella cuyo carácter de clásicos obviamente yo ignoraba en ese momento. También es cierto que por una cuestión de edad, nací en el 63, me perdí una parte de la creación y el crecimiento de Pipo como figura y productor.




Por suerte en su blog el Escritor portátil escribió sobre el tema y sobre la manera en que conocimos en lo que hoy se llama Televisión pública a Carmelo Santiago que fue productor de Mancera y que nos contó como se hacían algunas cosas en aquel programa, lo increíblemente culto que era Pipo y las gestas que supieron llevar adelante.




Profesionalmente entonces completé las ideas que tenía de aquel tipo más bien bajo y que en casa no era demasiado apreciado. Una imagen que había sido forjada por visones como esta:





y por la vivencia de haberlo visto en acción y no soportar la sensiblería que inundaba la pantalla cuando Pipo se ponía sensible.




Pero la muerte mejora a la gente y hace que la memoria se vuelva magnánima, y como Pipo hace años que no hacía nada en los medios aparecieron en twitter y en distintos medios alabanzas desmedidas de las que uno prefiere mantenerse al margen.




Profesionalmente está claro que de haber sido americano ya hubieran hecho alguna biopic o alguna miniserie hablando sobre él. Pero esto no es Hollywood y el medio, que lo tuvo arrumbado durante años, sólo le pasó el plumero y lo mostró para darle un par de premios a la trayectoria cuando ya Pipo apenas podía balbucear un agradecimiento y algo de resentimiento contra Tinelli al que obviamente veía como una especie de continuador/usurpador de su estilo.




Como parte del medio no puedo sino reconocer todo lo que hizo, pero saliendo de esa mirada no cuenten conmigo para endiosar esa época de la televisión y de nuestras vidas. La Argentina aquella era un país pacato, que perseguía todo lo innovador, que tenía dictadores ultracatólicos y censores que dejaban a Torquemada como un aprendiz. Un país en blanco y negro, con cuatro canales, eran tres pero algunos suertudos podíamos ver el canal 2 de la Plata y en días especiales incluso el 4 de Montevideo. Un país donde triunfaba ese invento de la RCA que se llamaba El club del Clan y donde te decían que venían los Beatles pero te engañaban y traían a cuatro yankys ignotos llamados The silver beatles.


Claro como muchos de los que hoy escriben eran jóvenes por esos días recuerdan con nostalgia y melancolía y extrañan a Los Campanelli, al policía de la esquina, el casamiento de los enanos que organizó Roberto Galán, se acuerdan de Mercedes Negrete y de Firulete y cañito.


Todo eso era una mierda, no me jodan con la melancolía bobalicona ni idolatren cosas que no merecen ser idolatradas.



27 de agosto de 2011

Grandes finales - dos de radio


Pirueta involuntaria

"¡Yo no soy Dios!" Leo Mattioli.

Hay un nido de caranchos -por lo menos- en la plaza Rodríguez Peña. Los vi llegar volando con algo en el pico, a pararse en lo alto de una altísima palmera. También los oí. Me acordé de la comadreja del Botánico.

Vale el viaje llegarse hasta San Telmo para ver la Colección Rabobank en el Museo de Arte Moderno. Impresionan un retrato de Bobby Aizenberg en la quema por Humberto Rivas, tres fotos de Santiago Porter, los Salamone de Pastorino y muchas otras más. La cámara ve un poco más que el hombre, detrás de una función estética hay siempre una función documental.

Asociar, confrontar y establecer infinitas relaciones

Viajar en taxi se ha vuelto horrible, es carísimo y dos por tres el tachero es un psicópata latente o en acto. Viajar en colectivo en cambio es mucho más grato. Excepto que te toquen tres torturas: los choferes que manejan con el freno, los usuarios que se te ponen a morfar al lado y una plaga reciente, los que usan unos aparatitos de música cuyos auriculares suenan para afuera.

De entre los colectivos el más elegante es el 102 y en ciertos tramos el 10 y el 17. Chic urbano.

Novedades editoriales:
Me encantó “El señor de la luz” de Renard. Se nota que después de haber traducido tanto, Aira elige ahora por placer: la imaginación desbocada y el amor por la trama, todos los hilos se cierran al final.
Es un deleite “Poemas pobres” de Alemian. El poema cuatro es un prodigio: está leyendo.
“El cansancio de Claudio Alas” compilado y anotado de acuerdo con la disposición testamentaria de su autor por Juan José de Soiza Reilly. “Es bella, es rubia, es turbadora, es alta:/bebe champagne y fuma cigarrillos;/y si del mórbido automóvil salta,/la pantorrilla ostenta, y sus anillos”

Parece que un señor sub 70 irrumpió portando una computadora nueva (no sabía usarla) con la intención de ponerle el dvd “Nueve semanas y media” a una novia flamante. Pero su falta de destreza hizo que confundiera el disco (se dio cuenta más tarde) y puso fotografías del cumpleaños de su madre. Manipuló el electrodoméstico sin conseguir dominarlo y a la final se entretuvieron mirando las fotos.

Quizá merezcan un homenaje los escépticos, libres de ansiedades y amarguras. Aunque quizá se pierdan algo, no sabría decir qué. Da la sensación de que el precio es alto.

No sé si sentirme halagado, furioso o inquieto por la noticia del "encuentro de escritores" que se concentran en un hotel. En el Llao Llao hace demasiado frío en invierno. Diremos para disimular que está bien copiar ideas.

Borges es lo más... Lástima que no supo apreciar a Gardel. Y Bioy coincidía. No sé si coincidían también con Pink Floyd.

En el almuerzo de Proa apareció Ricardo Ramón desquiciado por un aluvión de de indignados nativos que reclaman una indemnización dudosa. Tomás Powell se sacó: “¡Este país no puede ser!” Puteamos, putean pero nadie quiere no vivir acá. ¿La Patagonia? ¡Minga! Tal vez se ocupen los chinos. Bienvenidos sean.

Oído en el Malba: “Lo mejor de la poesía moderna son las imágenes” -comentó un escritor de izquierda untando caviar en una tostada-. “¡Ah, Baudelaire, Baudelaire!” -exclamó una señora gorda que colabora en el suplemento literario de un matutino-. “Si la imagen es lo mejor de la poesía moderna ¿qué es lo peor?” preguntó en tren de polémica un hippie-

Juan Pablo Correa


Ahora le robamos a Hipercrítico, Grande Porta Fouz!

¿Qué es todo esto?


/Por: Javier Porta Fouz. Últimamente, trato de ver más películas en funciones privadas para críticos y periodistas, rara vez están llenísimas y pocas veces se producen molestias. Últimamente, si voy a funciones comerciales suelo elegir aquellas en las que hay poca gente (jueves al mediodía suele estar bien, a no ser que estrenen la nueva Harry Potter). Pero también voy a funciones los fines de semana en horarios estelares. Y, últimamente, me pasan cosas como estas:




1. El piso está cada vez más pegoteado, la melaza que generan líquidos gaseosos azucarados derramados y restos de pochoclos caídos incluso genera ruido al despegar las suelas. ¿Estos productos tienden a derramarse más en el cine que en el resto del mundo?

2. Suele haber largas filas para sacar entradas, hay gente que espera más de una hora para poder comprar. Luego de eso, como si no hubieran tenido suficiente tiempo de espera, hacen largas filas para comprar pochoclo y otras cuestiones. Entiendo lo de la entrada (aunque no haría esa fila), pero lo de la comida no. ¿Es realmente taaan necesario ver una película comiendo? Y si es necesario comer, ¿no pueden comprar otra cosa en otro lado que no sea ese pochocho ahí? ¿Que el cine no deja pasar con “productos comprados en otro lado”? Bueno, no te van a dejar pasar con un balde gigante de pochoclo y una gaseosa “extra big champion of the world” comprada en otro lado. Pero no revisan las carteras y bolsillos, y allí se pueden llevar chocolates u otras golosinas más clásicas y menos ruidosas que el pochoclo, y con menos riesgo de derrame que esas inestables gaseosas.

3. Ruido: no sé si será por algún trastorno de la ansiedad o por la necesidad de elegir la mejor unidad disponible, pero cada vez más gente revuelve con más empeño y fruición el bendito balde de pochoclo.

4. Será porque hay muchas urgencias al mismo tiempo, o porque cada vez más gente va al cine cuando se le está por morir alguien muy querido, o simplemente por lisa y llana falta de respeto hacia el otro: cada vez más gente atiende el celular en las películas y habla, y habla, y habla (y no parece que le estén dando la noticia de un grave accidente).

5. Hace poco, y en una función de las poco concurridas, un celular sonaba y sonaba con una canción de esas de chequendengue. El dueño no lo atendía: estaba dormido, y al chequendengue del ambiente se sumaban gruesos ronquidos. Ya sabés: sacale el sonido al celular, máxime si te vas a dormir. ¿O este señor tendría el celular puesto como despertador?

6. Los grupos de adolescentes hablan entre ellos en las butacas y se codean cada vez con mayor frecuencia y con mayor volumen, y siguen preguntando al otro u otra “che boludo/a, ¿qué mierda me trajiste a ver?” incluso con la película bien avanzada.

7. Muchos preguntan “¿no hay 3D?” cuando sacan entradas para cualquier película, sea lo que sea, una de Kiarostami, una de Moretti, o algo llamado Planas planicies en una llanura sin pozos.

8. El otro día volví a ver Super 8. En la fila de adelante tenía tres adolescentes en el modo descripto en 6. Era un sector lateral, en los que hay cuatro butacas por fila. A los 20 minutos de comenzada la película (¡20 minutos!) aparecen un señor y una señora (supongamos que eran un matrimonio), e hicieron salir a las adolescentes porque tenían esas localidades y los papeluchos que los hacían dueños de ellas por la siguiente hora y pico. Adolescentes: no se sienten en cualquier lado si ven que el cine está lleno. Matrimonio: si van a llegar 20 minutos tarde, vean la película en otra función. Ahora bien, en los cines en general no te venden la entrada para una función si pasaron 10 minutos desde su inicio (no quiero pensar que esta gente tenía como yo la entrada anticipada y llegó así de tarde). ¿Cómo hizo el matrimonio para llegar tan tarde? Simple, se quedó comprando pochoclo (ver punto 2). El matrimonio estaba en ese momento sin baldes del mencionado elemento semi crujiente, pero el señor vio unos cinco minutos de película y se paró y salió de la sala. Enseguida aparecieron un joven y una joven, supongamos que se trataba de la hija del matrimonio y su novio, que se sentaron al lado de la señora. El señor, digamos el padre, no vino con ellos: unos 20 minutos más tarde reapareció con una cantidad estrafalaria de baldes gigantes de pochoclo y vasos monstruosos de gaseosa. Tanto traía que el novio de la hija tuvo que pararse y asistirlo. Recompongo la historia: cuatro personas que van juntas llegan un poco tarde o con el tiempo justo a una función de una película y, en lugar de entrar rápido a verla, intentan comprar pochoclo a pesar de las largas filas de gente. Cuando pasan 20 minutos sin conseguir el ansiado alimento, dos de ellos dicen “vayan ustedes, nosotros nos quedamos comprando y enseguida vamos”. Uno de los que está adentro de la sala (que entró tarde y molestó parado en el pasillo y hablando con adolescentes mal sentadas), se sienta unos minutos y luego decide que va a relevar a los otros en la compra de chucherías, y se va de vuelta y se pierde en total unos cuarenta minutos de película.

9. Como decía Obelix sobre los romanos: están majaretas. ¿O seré yo el majareta, el loco, el inadaptado a estos tiempos en los que cada vez con mayor frecuencia te pueden tocar en suerte vecinos espectadores de lo más molestos y rompepelotas?

Pettinato sobre Alfano y algo más

Balada triste de trompeta, a mí me gustó ¿y que?

Alex de la Iglesia no es un director que se ande con chiquitas, es un director sin medias tintas, su cine está atravesado por el cine del mundo. Nada más ni nada menos. De la iglesia es en general directo y sus mejores películas siempre tienen algún momento en que el espectador dice: ahh se fue a la mierda!
Balada triste de trompeta, su última película, es la desmesura absoluta, el punto más alto al que puede llegar un director que se quiere dar el gusto de filmar lo que se le cante el orto.
Dos payasos en el comienzo de la película actúan para unos niños cuando se escucha una bomba y la carpa tiembla. Estamos en plena guerra civil española. No hay espacio para la inocencia o la risa idiota. Un batallón del ejército de la república entra a la carpa y el jefe ordena que todo aquel que esté en edad de tomar un arma debe sumarse a la lucha contra los rebeldes.
Uno de los payasos, Santiago Segura, recibe un machete y carga sobre el enemigo con el traje de payaso despanzurrando enemigos. La escena de la batalla es tremenda, sangrienta, brutal, el payaso sanguinario es ideal para tener pesadillas por la noche.
Cuando la batalla termina el payaso va preso y es destinado a la construcción de la cruz gigantesca que el franquismo manda construir como monumento mortuorio. El hijo del payaso intentará rescatarlo pero fracasa y el padre muere no sin antes dejarle un mandato que marcará por siempre al protagonista: "Debes ser un payaso triste, viste demasiada muerte y nunca podrás hacer reír a nadie". Varias décadas después el payaso triste entra a trabajar a un circo para ser compañero de otro payaso que es el que se las sabe todas.
Lo que sucede de ahí en más entra dentro de lo que uno espera, más o menos. El payaso triste se enamora de la trapecista de telas que obviamente es la mujer del payaso vivaracho que es un miserable golpeador. El trío esta destinado a explotar y será de la peor manera. Los dos payasos terminarán desfigurados persiguiendo a esa mujer bella que los enloquece.
No viene al caso contar detalles de la trama, que admito que se enreda un poco, lo cierto es que entre la aparición del mismísimo general Franco, el atentado a Carrero Blanco y algunos hitos de la españolidad la película termina en un grand guigñol tremebundo.
No es que no entienda a los críticos que en su gran mayoría han castigado a la película por desbordada, que la acusan de alegórica sin ton ni son y dicen que el guión tiene algunos agujeros notables. Pero a mí me divirtió horrores, la primera vez y la segunda también.
Balada triste de trompeta entraría, si la hiciera, en una hipotética lista de películas que no está bien que a uno le gusten pero que son tan desmadradas y barrocas que me caen simpáticas. Una lista que incluiría Underground de Kusturica, Alexander de Oliver Stone y alguna de las fallidas películas de Terry Gillian que después de Brazil son casi todas.

26 de agosto de 2011

directo del archivo


Un comment me recordo que por ahi en el archivo, esa cosa que a los que no son periodistas les parece un amontonamiento inutil de papeles, estaban los dos libros que Varela Cid edito sobre el asunto del periodismo durante la dictadura. Uno dedicado a Gente y Somos basicamente y otro a Para ti y Vosotras-

Yo, que crecí con Videla

Yo que crecí con videla
yo que nací sin poder
yo que luché por la libertad y nunca la pude tener,
yo que viví entre fachistas
yo que morí en el altar
yo que crecí con los que estaban bien pero a la noche estaba todo mal.
hoy pasó el tiempo,demoliendo hoteles


Miserias de la prensa del proceso, ese fue el nombre de una serie de notas aparecidas en la revista Humor en lols comienzos de la democracia si mal no recuerdo, acaso fue un poco antes incluso, opero no era el único lugar en el que allá por los primeros días de la democracia se hablaba de los medios y su relación con el autodenominado Proceso. Basta con ir a los archivos y sorprenderse con las ntas que algunos medios que habían sido adalides del gobierno militar trataban de limpiarse. La semana, revista del ubicuo Fontevechia, sacó una serie de notas en las que un torturador contaba su paso por la ESMA, los noticieros eran un desfile de horrores y circulaban historias por todos lados de lo que había sido el horror de la dictadura.
Sí, por aquellos años se sabía lo de Alfano y Massera y también se conocían otras historias de gente mas prestigios que la hoy vapuleada miembro de la corte suprema de Tinelli.
No sé cuan judiciable sea lo de Alfano, más bien me parece difícl de rastrear si algún bien robado por los grupos de tareas fue entregado por el Almirante al gato del poder como la llama Luis Ventura. Si el asunto de Alfano es repudiable moralmente me pregunto porque a ella y no a los que sabemos que fueron ideólogos. Indultamos socialmente a Mariano Grndona y a Chiche Gelblung y la castigamos a Alfano por trola?
Cacho Fontana hace unos años le dijo a Felipe Pigna para un reportaje que salió al aire por canal 7 que si los años sin trabajo que se comió fueron para pagar su participación en aquella maratón conocida como 24 horas por Malvinas, se lo merecía y estuvo bien pagado. Eso es una disculpa de una persona honorable. En otra parte de ese reportaje Cacho confesaba alguinas otras debilidades humanas pero las dejamos en la isla de edición.
Noemí Alan estos días contço que la famosa foto con el tigre Acosta le costó 15 años de carrera, sonaba creíble y dolída cuando decía que no quería que nadie pensara que ella tuvo nada que ver con ese asesino. Noemí se lo decía llorando a Rial que hasta ayer nomás se sentaba en la mesa de café de Gerardo Sofovich que era el que organizaba fiestas para nuestros hombres de armas en los casinos de oficiales durante la dictadura.
No creo como dicen por ahí que esto sea una caza de brujas y lamento un poco la malversación de esa frase. Los recuerdos de aquellos años afloran una y otra vez y van a seguir aflorando. No todos los que trabajaban durante la dictadura fueron colaboracionistas pero los que trabajaron para ella deben ser recordados.

Hace unos años me tocó participar de una investigación que terminño con la separación de la planta de Canal 7 de una productora cuya participación en el secuestro de la hija de Gelman y de otros uruguayos en territorio argentino constaba en un expediente de la justicia uruguaya.
Era una productora histórica y poca gente en el canal daba crédito de que ella pudiera haber formado parte de la banda de Anibal Gordon. Finalmente conseguimos el expediente donde constaba incluso su participación como chofer en el secuestro de un empresario, una especie de laburito extra de Anibal Gordon y su gente. La cuestioó es que en aquellos días la productora quiso darme una sertie de explicaciones que no eran convincentes y que se resumía todo en que ella era muy joven. Tiempo después comentando la historia con Miguel Bonasso el hoy diputado se sonreía y decía que todos eran jóvenes, incluso Astiz y Firmenich.

Los hechos son los hechos y no deben borrarse, no hay que olvidarse los nombres de los que apoyaron desde sus lugares auquella barbarie. Videla, Camps, Massera, son solo la parte visible de un iceberg que en su base tuvo empresarios, intelectuales periodistas y también, gatos amigos del poder. Por que no? Si hasta Hitler tuvo una mascota a la que dicen que amaba.

Yo tenía tres libros,
y una foto del Che
ahora tengo mil añosy muy poco que hacer.
Vamo' a baila',vamo' a baila'vamo' a baila'

25 de agosto de 2011

Un aviso de la charla

Un George Harrison nuevo y distinto

Uno se despabila de a poco y de repente escucha a una locutora en la radio decir: La nueva película de Scorsese acerca de George Harrison va a mostrar un Harrison super humano, un Harrison espiritual y cercano a la cultura oriental. Una faceta desconocida del beatle.
Se puede ser locutora siendo tan pelotuda y no habiendo leído al menos medio página sobre los Beatles?
"Un Harrison super humano" es , me parece, algo contradictorio y agregar que el interes por la cultura India es una faceta desconocida de harriso es para mandarla a cagar, francamante.

24 de agosto de 2011



Graciela Alfano y la pavada Anti k

El anti kirchnerismo da para todo, el último grito de la moda parece ser defender a Graciela Alfano. No es que este blog quiera lincharla por chuparle la pija a semejante personaje, algo que siempre se supo. Lo que nunca se supo es cual fue el grado de la relación, ni que el marino le haya regalado cosas salidas de los saqueos de los grupos de tarea. Tampoco se sabía que andaba por el despacho del Almirante y recibía a quienes iban a ver al asesino. Eso ya no es un tema alcoba ni un asunto entre ellos. Porque así como estaba presente cuando pasó lo que se cuenta en esta nota


pudo haber estado en otras reuniones del mismo calibre, entonces el asunto ya deja de ser una pavada.

Pero gente aparentemente inteligente entiende que este tema es un tema que le interesa al gobierno o a sus seguidores y entonces no tardan nada en defenderla a Graciela Alfano, en justificarla, en negar el pasado y en decir que no vale la pena hurgar en los años de plomo. Y entonces actúan con ligereza y se vuelven estúpidos.

Es improbable haya alguna forma de encontrar rastros de aquellos bienes supuestamente pertenecientes a desaparecidos, a menos que la vedetonga sea una imbécil total es razonable esperar que eso se haya licuado.
Lo que no debe licuarse es la memoria de esos años en los que la dictadura fue dueña de la vida y la muerte de los argentinos.

Se fue el Chango Farías Gómez

El Chango Farías Gomez no es de esos músicos que uno escucha constantemente, y encima su imagen pública está ligada a un momento lamentable de la historia de la ciudad que fue aquella votación en la que el músico terminó decidiendo con su voto la caída de Aníbal Ibarra.
Pero la verdad es que hace un tiempo escuché de casualidad una versión de La zamba del grillo que era decididamente interesante.


Hace un rato veía el blog de mi amigo Daniel Daher y veo que él subió un video que vale la pena con el chango interpretando una enorme canción de el Cuchi Leguizamón.


Podría haber dejado pasar la muerte de Farías Gómez pero sería injusto y nos hubiéramos perdido estas dos bellezas.
Frente a la carrera de un artista y frente a su producción las desgraciadas decisiones personales o políticas terminan siendo pecados menores.

23 de agosto de 2011

Help, a él

Todo este año de mi vida se definiría desde afuera como el año de duelo. La palabra duelo tiene su origen en el latín duellum y significa “guerra”. Por lo tanto, permite hacer referencia a la pelea o al enfrentamiento entre dos personas o dos grupos. El duelo psicológico, por otra parte, según los diccionarios, es un proceso que tiene lugar tras una pérdida irreparable. El duelo es una reacción natural y necesaria ante la pérdida de un ser querido (la muerte de un familiar, un amigo, una mascota, etc.) o de un evento o condición (un divorcio, un despido laboral). En mi caso podría acercarse más al otro duelo, aquel que se disputa entre dos personas, y agregaría mundos y, agregaría, entre dos universos: el de acá y el de allá. El de “vivir afuera” o “adentro”. Yo siempre viví adentro. Silvina Ocampo dijo: “No soy sociable, soy íntima”. En esa frase me veo reflejada. Quizás mi padre lo percibió más que nadie antes y después del combate, la guerra, el duellum. En la dedicatoria de su libro Vivir afuera me escribió: “A mi hijita que vive demasiado adentro porque sabe que tal vez afuera es peor, el viejo”. La tragedia empieza antes de la tragedia y la guerra, entonces, comienza antes que se disparen las primeras armas. Me prometí que el 21 de agosto voy asesinar a mi padre y así lo haré. Quizá sea la única forma de retomar mi propia vida. Aquella que yo había elegido para mí y no la que el destino me entregó como alternativa. Mi padre hoy es esa persona que me va guiando y que dirían los yorubas tomó posesión de mí y, por ende, me ha dejado obsesiva. Pero no hay enfermedad mientras el enfermo la padece con conciencia y sabiduría. Si hubiera estado, aparentemente vivo, o aparentemente muerto, no me hubiera costado tanto.

Entré a su casa recién al mes. Antes no quise. Abrí intentando no electrocutarme con la llave de luz de al lado de la puerta, que siempre había estado en corto. Las moscas zumbaban y volaban de un lado al otro. Giro mi cabeza y veo los restos de su última cena. El plato de fideos con tuco al ajo sin lavar junto a las cacerolas habían invitado a cientos de insectos voladores, a los cuales, por una vez en mi vida, no les tuve miedo. El terror que me invadía era tan grande que nada ya podía darme pánico. A lavar los platos –me dije–. Era lo primero que supe que debía hacer, como si pudiera lavarme las manos de paso en ese hecho –y ojalá lo pueda hacer de una vez y de tantas cosas a la vez.

Dos de las muchas colecciones que Vera Fogwill encontró en la casa de su padre: los boarding pass y encendedores.
Las hijas mujeres limpiamos los restos de todo, repartimos las cosas, tiramos los calzoncillos y forros sin usar y donamos lo que queda. Menos los zapatos, si somos judías, por si el muerto sigue caminando, como dice la tradición. ¿Pero si somos solo boludas?... ¿Qué hacemos?... Todo. Todo lo que hay que hacer, más lo que harían los otros, de los otros, por las dudas y también cualquier idiotez que se te cruce en ese segundo. Porque las boludas no podemos esperar y pensamos todo al mismo tiempo. ¿Y si además de boluda sos médium?... ¿Qué hacés?... Y, te convertís en una boluda tamaño mayor, que además está psicótica. ¿Pero si en el fondo sos indispensable? ¿Qué hacés?... Hacés todo lo que les corresponde a todos los demás. ¿Y si en el fondo hay un ser humano? Te vas dando cuenta en el duellum cuando la situación es tan miserablemente triste y desencantadora que entendés que tenés una raza. Terminé de lavar los platos sin pensar en todo eso. Abrí los ventanales y los insectos huyeron de mí. ¿Y ahora? –me pregunté. Pensé en la revolución rusa, en estudiar la estrategia y el territorio, en la causa y en el efecto. Me doy vuelta y veo el campo de acción. Todo estaba ahí tal cual lo dejó en su última visita. No podía darme cuenta si fue antes o después de fallecer. Me llama una carta. Me acerco, es de la empleada y está sobre la mesa. Dice: “Señor vine pero no lo vi”. Esa nota la firma mi hermano, el que me sigue, con solo un “recibido” y la fecha. Quizá “él” pensaba que “él” era un fax. Pienso que debe haber sido cuando trajo sus pertenencias del hospital. Nadie más entró. Yo levanto el teléfono y la llamo: –Se murió. Dominga ya lo sabía por su otra patrona que lo leyó en el diario. Silencio. Tristeza. Le pregunto cuánto le debía. Sabía que mi padre dejaba grandes deudas y que esa sería pequeña. Venga mañana –le digo–. Ahora sí miro todo. Pero sólo veo botellas de agua. Ese día iba sólo por unas horas al mediodía pero terminé sin poder irme hasta la mañana siguiente. Habré tirado siete bolsas de consorcio de botellas de agua abiertas pero sin terminar. Dengue. Primero pensé en tirar el agua y guardar la botella. Después de unas horas de hacer este acto tan inútil –como otros tantos que suelo hacer– me dije: ¿Para qué voy a guardar la botella? Pensé en hacer un castillo ecológico de botellitas en la plaza para los chicos. Una vez había visto en Cabo Polonio una casa así pero de botellas de vidrio. Luego pensé que era absurdo y así tiré siete bolsas de consorcio de botellas con agua sin importarme más el dengue. También muchos frascos de vidrio de yogur y de miel y bolsas. Fogwill coleccionaba botellas, bolsas de plástico de los supermercados chinos y frascos. Eso era la parte ecológica. Todo lo reciclaba. No compraba un frasco para cereales, ponía los cereales dentro del frasco vacío de la miel. Y no tiraba nada. Fogwill coleccionaba motores de barco, discos rígidos, monedas, tickets de avión, boletos de metro europeos, tuercas, herramientas de todo tipo, cables de computadora, adaptadores, enchufes y llaves de todos los tamaños. Llaves que no abrían nada. Y sólo encontré puertas sin cerrar. Es que jamás cerraba la puerta de su casa, vivía con la puerta abierta. No era exhibicionismo era sólo el control de la vida de los otros que miraba pasar. No usaba perchas. La ropa colgaba por un sistema de sogas de barco, especialmente instaladas, en la baranda de las escaleras; o colgaban a través de un diseño exclusivo de lentes de agua, uno a otro anudados, armando una cadena de enganche para sus trajes, tapados y pilotos que nunca colgaba dentro de un placard y que planchaba colocándolos un rato dentro de la heladera. Cientos de cables de sus computadoras viejas creaban unos colgantes para los helechos que se estaban muriendo de un mes sin agua. A regarlos a partir de ahora y tres veces por semana –me ordené–. Para regarlos tenía que subir unas escaleras y poner un balde debajo porque perdían agua y arruinaban aún más el piso. Fogwill también se robó un cinturón de seguridad de un avión y lo colocó en una viga para atar una planta que colgaba. Me llevó casi dos meses desanudar todos los sistemas de enganches de cables, sogas y cinturones. Pero esa noche solo me ocupé de sacar las máscaras de oxígeno, las sondas de pierna ambulatorias, los puff de los inhaladores que habitaban todas las partes y los remedios, por si mis hermanos menores querían ir, para evitarles el escenario. Pero cuando tuve un container preferí guardar todo e inventariarlo. El inventario de medicamentos que hice tiene diez páginas. Un poco más tiene el inventario de cables. ¿Cómo explicar que me dejó tantas curitas?... Vaya ser que me lastimara. O tantos puff que coleccionaba en frascos. O respiradores. ¿Pensaba que me quedaría sin aire ya?... ¿Lo sabía?... ¿Cómo conciliaba la medicina homeopática y la alternativa con las sobredosis que se pegaba de combivent, butral salbutamol, atrvent HFA y Salbutral. El kilombo Fogwill y su orden es casi indescriptible. De cada libro se me caía una pasta diferente, un pucho roto semifumado y un forro. A los puchos los partía en la mitad y luego los pinchaba con un alfiler para que la nicotina y el alquitrán se esfumaran antes de llegar a su boca. Consejos de los cantantes de ópera. Nunca pensó en mejor dejarlos. O de un libro se resbalaba una moneda, un ticket, una nota y un fáctil. También de uno, se me cayeron sus uñas, se devela que mientras lo leía, se las había cortado. Estaría aburrido. Pero los dientes estaban en otra parte.

Esa noche, tomé la decisión de ir a visitarlo día tras día. Entrar, sentarme en su butaca de madera y mimbre a mirar, a leer, a pensar, a encontrar, a tirar, a guardar. Los primeros meses me quedé simplemente sentada sin saber cómo empezar abrumada por su universo. En realidad estaba aplastada no sentada. Ahí se me apareció, al poco tiempo. Era una noche de tormenta y me imaginé que se inundaba su casa, cosa que sucedía con la lluvia. Fui. Barrí la pileta que se había creado en la terraza y saqué las hojas de la canaleta apurada. Bajé empapada las escaleras caracol y lo vi. Estaba riéndose en su sillón recostado, con el dedo pequeño introducido en su boca y cantando su pipi-piiipi –que era un loop, de dos negras, una blanca con puntillo y otra negra, más un silencio de semicorchea, que desde que había dejado de fumar (decía él) funcionaba como una palilalia que no podía evitar y que, para peor, se le pegaba a todo el mundo. Hasta mi hijo hace ese pipi-piiipi el día de hoy. Allí estaba él, tirado, contento, regocijándose en que su hija finalmente estaba ahí, ordenándole todo, como cuando era una nena. Tenía ocho años y llegaba a su casa el sábado a la mañana y me dirigía a limpiar la cocina de toda su semana: los platos y los restos de sus tertulias con amigos. Dejaba todo impecable y a eso de las cuatro de la tarde lo despertaba para una reunión importante a la que él finalmente no asistía y seguía durmiendo hasta las seis o siete. Antes de despertarse siempre gritaba como un moribundo “aguaaa”. Y ahí estaba él, sonriendo. Help a él. Eran las nueve de la noche. Y no tuve miedo. Más bien me confirmó lo que intuía. Era mi guía. El y yo habíamos tenido experiencias mediúmnicas juntos. Veinte años atrás ambos vimos a mi abuela la misma noche vestida igual pero treinta años más joven de cuando se fue. Sin embargo, yo se lo confesé tiempo después, para explicarle claramente que su hija desvariaba y él me dijo que no, que él la vio vestida igual, de la misma manera, esa misma noche, confirmándome que desvariábamos los dos. Silencios. Es una habilidad que no practico. Llega. No la ejecuto. Me obliga. Y ciertos libros de ejercicios espirituales que ambos estudiamos en silencio me lo comprueban. Libros que aconsejan golpearse con cinturones de noche hasta sangrar para resistirse a las visiones. Pero estoy segura de que ninguno tuvo que practicarlos. Las torturas nos llegaron de la vida solas sin tener que hacer ningún esfuerzo y sangraron solas también y ya ni duelen pero tampoco cicatrizan. Ese poder Fogwill lo usó para combatir su adicción a la cocaína. Como hizo la carrera de medicina, aunque jamás ejerció de médico más que suyo, fue dejándola. Durante diez años fue graduando paulatinamente la dosis hasta llegar a estar limpio. Debía tomar algo como para evitar la agresividad y violencia que lo poseían sin motivos más que un ruido o una pregunta tonta de otro. Sus últimos diez años era un santo y hasta naturista. Ni rasgos de aquél.

Y así, durante casi un año él me diría qué hacer, cómo y dónde. Al muerto le llegaban mes a mes sus tarjetas, llegaban las cuentas de banco, los créditos pedidos meses antes de irse. Varias cuentas de banco para ceros centavos. Y ahí estaba la poseída, sentada con su abogado o visitando bancos y a los encargados de cuentas, cerrándolas y enterándome de sus movimientos, del dinero que pidió solo meses antes de irse para comprarse una digna computadora nueva. Pero eso no es nada. Los hackers para desentrañar sus diferentes contraseñas de banco, de mail, de web, de computadora para la privacidad de sus trabajos. Los detectives que me iban dando las claves. Y así. Un día –el primero y último– que entré en una de sus cuentas de mail encuentro una carpeta que decía locos. Decido empezar por ahí, ni lo dudo, es un mensaje. Abro el primer mail de la carpeta. Una joven de nombre desconocido para mí le escribía: “¿Y Fogwill?... ¿Quién va limpiar y ordenar tu casa cuando te mueras?” Parecía un chiste de mal gusto suyo. Faltaba su risita. Desistí. Yo no voy a leer sus mails para informar a la familia de tal o cual cosa, no voy a encontrar lo que falta, no voy a esclarecer las dudas. Si, digo la familia y no me involucro. Es que es la familia y yo. Yo no formo parte de ninguna otra familia más de la que elegí. Tengo hermanos que amo. Pero es mi papá y el de ellos. Todos hemos sido hijos únicos. Nada me ha unido a mi hermano pianista, ni a mi otro hermano que vive afuera, cerca, pero afuera. O a los otros, tan chicos que directamente tuvieron otro padre, otra persona, tan distinta a la que era. Un padre con treinta años de padre y errores para mejorar. Un padre mejor. Y todos vivenciamos su muerte de manera distinta. Así llamé a una amiga historiadora que admiro mucho y le propuse que haga el archivo. Los mails que los lea ella –me dije. Cuando Vero entró, ya tenía todo delimitado: “Ahí están las fotos, los contratos, ahí sus trabajos de publicidad, eso es tal cosa”. Yo me había abocado a saber qué había y dónde y por consejos de ella no había movido absolutamente nada. El catálogo de cómo dejó todo, dónde y por qué. Esa imperiosa necesidad que tienen los archivistas de meterse en la mente del otro a través de cómo hacían sus cosas y cómo ubicaban las cosas. Vero abrió sus cuadernos y yo también los había abierto. Pero dice: “Todos sin terminar. Escribía la mitad y empezaba otro”. A mí me dejaba sin cuidado, a ella no. También me habló de la repetición. Para mí era natural, debo ser parecida. Una foto impresa veinte veces y puesta en veinte lugares diferentes, señales. El problema sería con sus inéditos que están guardados aproximadamente diez veces con el mismo nombre y treinta veces por cambio, lo que implicaba leer cada versión, adivinar la fecha (porque en su computadora tenía desconfigurada la hora, el día y el año) y adivinar cuál fue primero, si quitó el segundo final o decidió agregarlo o al corregir en realidad lo quitó, o decidió seguir poniendo y esas cien páginas leerlas más o menos mil veces para desentrañar alguna verdad que solo él tiene y darse cuenta que sólo lo guardó repetido por las dudas y que no había ningún cambio. Supe que Verónica ya estaba en el universo Fogwill cuando lo saludaba al entrar y se despedía de él al salir o cuando le preguntaba: “Quique: ¿dónde dejaste tu partida de nacimiento?...” Y segundos más tarde se dirigía a algún cajón, agarraba una carpeta específica y aparecía lo que ella buscaba en vano durante semanas sin preguntarle o pedirle permiso. Cuando ya estábamos vaciando su casa yo sentí que se había ido con su cama. Pero Vero me dijo que no, que andaba todavía por ahí. No sé aún a cuál objeto está aferrado. Pero Verónica parece tenerlo claro. Y él parece estar demasiado contento con Verónica. Y no se fue. Sigue. Va guiando. Elegí al azar por Internet una baulera judicial para guardar temporalmente su biblioteca y algunos de sus objetos de colección mientras se defina la situación de la fundación. Lleno el formulario en Internet para solicitar un presupuesto. Minuto después me llama el dueño conmovido. Era un amigo suyo, nadaban en el club y hablaban de autos y relojes. Me hace un precio. Demasiadas coincidencias. Hasta de lo que me quise escapar terminé teniendo que hacer. No hubo caso. Nadie pudo nada. Nadie de la familia tiene un rato para dedicarle a esto. Son todos importantes y hacen cosas muy importantes. Antes de que mi papá parta yo me estaba dando el alta en terapia. En mi caso, el alta siempre se lo da el paciente. Nunca el analista. Pero en la última sesión lo internaron. Y, por supuesto, tuvo que dilatarse el alta. Luego supuestamente murió y también no era el momento. Un mes después, yo insistía en que no podía ingresar a su casa y tenía los tickets para irme a vivir por fin afuera con mi familia y deseaba eliminarme del listado de herederos, aunque el abogado insistía que dicho derecho era ilegal, cuando por fin mi terapeuta me avisa que mi papá tenía muy claro que yo me ocuparía de todo y por eso dejó todo así. Me fui enfurecida jurando no regresar más. Y no regresé a terapia. No tuve tiempo. Tenía razón mi querido Luis. ¿Cuánto debo pagar para vivir? Aún no lo sé. Y así yo me di el lujo de leer todos sus inéditos como si fuera una lectora más, como cuando aunque tuviera cinco años la entrega del primer libro era para mí.

Un día se roban la lápida del cementerio. Fue él, estoy segura. Nunca tuvo nada que no se le rompa o se le pierda una parte, nada. Vivía en un departamento de mi hermano. Nada funcionaba sin él. El calefón lo prendía con un golpe con una pinza muy pesada para mí. Todo desarmado: los aires acondicionados y las estufas sin carcasa, la computadora sin funcionarle las teclas con un teclado anexo y unos cables especiales para que el visor y el teclado pudieran estar muy lejos. ¿Cómo escribía un escritor así?... No era dejadez, era desinterés. Siempre fue así. O interés por los circuitos. Una vez no me andaba una computadora, estaba él y me la arregló, la desarmó toda. Fenómeno. Pero... ¡papá! ¡ahora armala! No, si anda, ¿para qué la voy a armar?. ¿Por qué perdió barcos, colecciones de autos antiguos, casas, bibliotecas enteras, muebles, obras de arte y ninguna carta de un amigo?... ¿Por qué están mis cuentos de cuando ni siquiera sabía escribir y sólo los dibujaba porque eran orales y no está el departamento que tenía que heredar, que nos dejó mi abuelo a mi hermano mayor y a mí?... Porque él encontraba valor, mucho más valor a todo eso y yo desgraciadamente también. Por eso no tengo nada. Partes del todo, su título nos describe perfectamente. Partes del todo. Y así, todo este año fueron engranando las partes para que llegue a ser nada. Nada para mí. Mucho para todos.

Sentí desde el momento que entré que le debía algo. Su vida fue la literatura, el pensamiento, la evolución y yo como hija tenía ese deber moral de dejar su vida en el patrimonio de la literatura universal. ¿Cómo haría esto?... Haciendo todo para que su obra esté al alcance de todos y su vida, que es una obra, también suya. Más de cuatrocientas cartas con escritores como Osvaldo Lamborghini, Juan José Saer, Héctor Viel Temperley... Verdades, profundidades, libros sin editar, novelas, cuentos, ensayos, poemas, chistes y adivinanzas u oráculos de bazooka sin imprimirse aún. Sus chistes. Los que nos hizo comer él. O se va de una vez o debo asesinarlo, no hay salida. Sólo quiero que sus libros tomen posesión y se instalen en las mentes de miles de otros, ya no mías. Mi responsabilidad si la tenía ya supongo que la cumplí. Hasta me ocupé de restaurarle la casa que mi papá no pudo evitar destrozar a mi pobre hermano, a quien además le cayó un embargo de cinco cifras por ser su garante alguna vez. Igual nosotros somos como él, eso significa que sabemos, en el fondo, que nada de eso es importante. Pero en el equilibrio de las cosas uno pone la guita y el otro pone el cuerpo. Los demás no existen. Y el costo mental es igualmente difícil para ambos. Pero pienso que mi tiempo no me lo devuelve nadie. El dinero ya está regresando con sus derechos. Pero el tiempo es un tiempo perdido y quién sabe ganado. ¿Qué es más importante que elaborar la muerte? Nada, se está entendiendo la vida. Ahora yo voy a descansar en paz. Y creo que mi padre también.

Vera Fogwill

22 de agosto de 2011

Visite Londres, hay planes para a todos los gustos







Gracias Partido pirata!

PREMIO CABEZA DE TERMO PARA GRACIELA ALFANO

Resulta que fue siempre se dijo que Graciela Alfano le tiraba la piola, le lustraba el mástil o como quieran decirle al Comandante Emilio Eduardo Massera. La vedetonga, aunque nunca se supo que Gracielita baile o cante, nunca lo negó pero hoy se destapó con una frase que la hace acreedora nuestro premio

"que me acueste con un genocida no quiere decir que haya salido con los 30000 desaparecidos"

Graciela Alfano

Grandes finales

21 de agosto de 2011

Noticias de la antigúedad ideológica



La República de la Boca, Sábado por la mañana en medio de la ola polar. Caminito se preparaba para recibir a los gringos de turno para esquilmarlos con fotos con un falso Maradona, mates, boleadoras, cinturones, estampitas, mechandising de Boca Jrs, hasta Café Martínez tiene una sucursal por la zona.
Aprovechando que llegué un rato antes de que abriera sus puertas la fundación PROA me entretuve mirando esa agitación previa y este tipo:

No se si forma parte de los trabajos para limpiar el riachuelo pero este buen hombre estaba con una temperatura inclemente colando el agua, sacaba cada tanto una goma de auto, una bolsita de plástico, alguna lata, en fin a ese ritmo van a tardar en limpiar el riachuelo inmundo.


A pesar de que cada vez que se proyectó se lo anunció como "El capital" de Kluge la trilogía de nueve horas de duración que se presentó durante Agosto en PROA se llama "Noticias de la antiguedad ideológica". Alexander Kluge filma "El Capital" pero lo hace partiendo de una serie de anotaciones hechas por un experto en proyectos anómalos y visionarios, Serguei Einsestein.

En 1929 Eisenstein se propone dos proyectos enormes, gigantes, megalómanos en fin dos proyectos que obviamente no pudo realizar. Los proyectos en cuestión tenían que ver con trasladar a la pantalla dos obras literarias bien disímiles entre sí como son "El capital" de Karl Marx y la monumental novela "Ulises" de James Joyce.
El cineasta de la revolución soviética venía de una experiencia exitosa pero complicada ya que se había gastado una fortuna del estado filmando "Octubre". Una película homenaje a la revolución de 1917 que se estrenó en 1928 y no cuando debía estrenarse ya que formaba parte de los festejos por los diez años de la revolución. ¿Por qué llegó tarde el director? Porque mientras terminaba de filmar "Octubre" Trotsky cayó en desgracia y entonces Stalin le ordenó que borrara al trotskysta ese de la película que narraba la revolución. Trotsky había sido uno de los padres de la criatura pero ya no lo era más así que lo borraron de la película. La tensión fue tal que Eisenstein perdió la vista, tuvo una ceguera de origen nervioso, de hecho editó Octubre en ese estado, es decir de memoria ya que no veía nada. Terminado el asunto puso los cañones en dirección de Ulises de Joyce, con quien se reunió, y de El capital. El libro de Marx lo obsesionaba, la idea de pasar a la pantalla ese libro teórico ocupaba parte de su vida y lo consumía, podría decirse. Pero Eisenstein nunca pasó de realizar anotaciones de producción, ni siquiera fueron anotaciones de posiciones de cámara o de cómo contar la teoría económica sino sobre hechos puntuales sin poder resolver de que manera podía resolverse la dificultad de pasar a la pantalla algunos conceptos de teoría económica. Kluge trabaja sobre esas notas de Eisenstein para llevar adelante su propia investigación acerca de que se debía hacer para filmar "El capital".

El resultado es un fresco de más de nueve horas de duración que no desecha ninguna de las formas conocidas de la narración y experimenta nuevas incluso. Y a pesar de tanta experimentación y vanguardia en el fondo vive la anécdota, los hechos de la historia, los economistas que habla de la relación de la fe con la economía para llegar en cierta forma a entender que el hecho de que la economía funcione no tiene que ver tanto con las teorías que se apliquen como con la fe que los distintos factores de la economía manifiesten al respecto de la posibilidad de que el estado pueda responder por el crédito de las empresas y los bancos que conforman el corazón del sistema. Sin la confianza todo se vuelve un tembladeral dicen los economistas consultados por Kluge.



Entre parrafadas sobre que significa ser revolucionario y que tenía en la cabeza Eisenstein para querer filmar un libro apenas entendible como el de Marx. Kluge muestra que no sólo es un tipo al que le gusta la charla y entrevista como pocos sino que tiene un sentido del humor a prueba de balas que le permite poner a dos actores del Berlin ensamble haciendo de dos ávidos estudiosos del libro que leen uno de sus párrafos mas intrincados y quizás sin sentido provocando carcajadas en la platea.
También cuenta aspectos realmente delirantes de la revolución rusa que tuvo científicos que que pensaron que era posible extender las bondades de la revolución hasta los muertos y proponían resucitar a los muertos. Otros proponían mandarlos al espacio a colonizar el universo con la idea de la revolución y uno llegó a escribir un oratorio exigiéndole al sol que se retirara pero el sol no le dio pelota. La decisión fue ejecutar de nuevo la obra pero en un río santo, el Ganges. El protectorado inglés que gobernaba en la India rechazó el pedido acusando a sus impulsores de: Infiltración comunista. En esta línea de comunismo enloquecido se puede ubicar al Dr. Alexander Bogdanov. este personaje solía jugar al ajedrez con Lenin y llegó a convencerlo de las bondades del intercambio de sangre. Llegó incluso a hacer un informe en el que contaba que una joven de veinte años y un profesor universitario intercambiaron sangre y la señorita ganó en sabiduria mientras que el profesor ganó en ímpetu. Este intercambio buscaba reemplazar al intercambio de fluidos que produce el sexo porque les parecía que los ardores del sexo distraen al hombre de las cuestiones importantes, como el triunfo de la revolución socialista. Bogdanov se cagó muriendo luego de un centenar de transfusiones de sangre. Le fue bastante bien, dicen, hasta que una de la transfusiones le llegó con paludismo y tuberculosis.


Admito que no me logré llegar al final, me esperaba una cena bastante multitudinaria, así que me fui faltando un par de horas. A mitad del día y en un intervalo de sesenta minutos fui hasta esa parrilla de la foto, Puente viejo se llama y no es la primera vez que visitando la fundación PROA camino unas cuadras más allá de esa instalación para turistas que se llama Caminito para clavarme un vacío con mixta a precio razonable. Un bolichito que vale la pena conocer.
Porque la actualización doctrinaria entra mejor con la panza llena.

19 de agosto de 2011

Grandes finales


Dos años antes de esta película Dustin Hoffman había filmado El graduado.
Y dos años después de Perdidos en la noche filmó Los perros de paja.
Un actor en estado de gracia sin duda por mucho que algunos se burlen de cierta cosa arty.

Marxismo en PROA




Por tener horarios proletarios me perdí la presentación para la prensa de lo de Kluge en PROA






Pero no me importa nada porque mañana hay maratón marxista. 570 minutos de película acerca de la monumental obra de karl Marx.



Kluge, allá vamos!


“El capital” de Marx filmado por Alexander Kluge.


Por Alan Pauls



El llamado El capital de Kluge es menos una película que un proyecto arqueológico. Así como dura nueve horas y media podría durar veinte, cien, dos mil. Es un proyecto, y los proyectos, por definición, no tienen fin. Instauran un tiempo paralelo que separa al artista del tiempo común de la sociedad y se obstinan en preservarlo así, separado, lo máximo que pueden. Ésa es su apuesta utópica. Como los cirujanos, los arqueólogos saben o por lo menos intuyen dónde cavar, pero nunca hasta cuándo ni con qué se van a encontrar. La clave arqueológica de la obra de Kluge está en su título original, Noticias de la Antigüedad ideológica…, casi siempre eclipsado por el nombre propio de Marx y el título del libro que lo hizo célebre. Si Kluge cava y cava es para exhumar y reavivar las huellas apagadas de la historia, de una historia en particular: la historia del marxismo. Y el primer resto con el que tropieza es uno de los emprendimientos artístico-políticos más extremos del siglo XX: el sueño de Sergei Eisenstein de adaptar al cine El capital de Marx. Un proyecto que no llegó casi a nacer, pero del que sobrevivieron unas cuantas páginas de notas que Eisenstein redacta luego de terminar el rodaje de Octubre.
La empresa es demencial. En principio porque Eisenstein elige filmar un tratado de economía política para plantearse un imposible típico de la vanguardia histórica: ¿cómo figurar la abstracción? ¿Cómo representar lo irrepresentable? Pero es demencial, además, porque en 1927 Eisenstein está chiflado. Octubre —la superproducción que lo convierte en una especie de Cecil B. de Mille de la revolución bolchevique— amenaza con liquidarlo. Tiene que reducir a dos mil metros de película los casi cincuenta mil que filmó y tiene que hacerlo en tiempo récord, en una moviola precaria donde las imágenes apenas se ven. Con los días se va quedando ciego. No duerme. Se hace adicto a las anfetaminas. En ese estado límite —¡y con el Ulises de Joyce, otro ciego, como brújula!— concibe la adaptación de El capital. Chiflado o no, tiene su lógica: después de Octubre, un film que moviliza como nunca antes todo el dinero, los medios y las fuerzas de una sociedad que se piensa a sí misma como un más allá, ¿qué otra cosa puede filmar si no lo que sólo se le ocurriría filmar a un demente: el más allá del cine?
Hay mucho de esa energía insana, alucinatoria, en el film de Kluge. Por lo pronto, la decisión de disolver todas las formas reconocibles del cine —incluso las más reflexivas: el documental, por ejemplo, o el ensayo cinematográfico— en una suerte de monólogo interior desaforado, a la vez incontinente y estricto, articulado sobre la base de dos lógicas acostumbradas a sacarse chispas: la asociación libre (Joyce, el surrealismo, el psicoanálisis freudiano) y el montaje de ideas (Eisenstein, Benjamin, Brecht). Pero en esa alianza más o menos tortuosa se funda, a fin de cuentas, la gran operación de conocimiento que Kluge sigue reivindicando como constitutiva de la cultura marxista: reponer las conexiones complejas y múltiples que enlazan la fenomenología de la vida cotidiana con los procesos de producción. Ir, digamos, en un encadenamiento vertiginoso, de los agujeros que afean las medias de una chica pobre que camina por una calle de Berlín a las axilas de las trabajadoras indias donde se incuban los capullos de la seda.
Por lo demás, todo es posible, todo entra en el “stream of consciousness” marxista que pone en marcha Kluge: la entrevista erudita y el “reenactment”, el chiste y el archivo, la parodia cantada y la teatralización, el shock tipográfico y la glosa pormenorizada de la imagen, la ópera, el cine mudo, el lied, el concierto, la película dentro de la película, la charla telefónica. Es lo que Hans Magnus Enzensberger —uno de los numerosos prodigios alemanes que Kluge entrevista largamente en el film— llama, hablando de Eisenstein, “el método ballena“: una pulsión de acumulación omnívora, que se alimenta de todo y no jerarquiza nada, un poco como la que obedecen los arqueólogos en el primer momento de la excavación, cuando acomodan a un costado el botín de incongruencias que acaban de rescatar: un piecito de bronce, las sobras de un códice, una cucharita, una moneda, un húmero, un trozo de tela o de vasija.
¿Qué clase de resto es El capital? ¿Qué tipo particular de antigüedad ideológica es el marxismo? Nunca explícitas, ésas son las preguntas fantasma que rondan la película de Kluge. Si hay algo que no las responderá, da a entender el director, es un museo del marxismo, no importa lo atinado y ecuánime e ingenioso que sea. El modelo de Kluge es más bien el del yacimiento, la excavación, esa cantera de la que a lo largo de nueve horas y media van saliendo las cosas más familiares y más extrañas que nos haya tocado ver en mucho tiempo. Si las noticias con las que Kluge vuelve del más allá ideológico se parecen mucho a mensajes que vienen del futuro (y la Historia, por lo tanto, a un “déjà-vu” de la ciencia-ficción), es porque la tarea del cineasta arqueólogo —el mensajero, el que enlaza tiempos dispares; es decir: el revolucionario— consiste no en deletrearlas, ni traducirlas, ni explicarlas, sino simplemente en arrancarlas de la tierra y acogerlas, darles un lugar para que se desplieguen, se expandan, entren en contacto y se vuelvan otra vez radioactivas.


Alan Pauls.











18 de agosto de 2011

En Septiembre De Caro da cátedra



Jardines interiores

Le aviso a un brasileño que su país es pre-freudiano (no me atrevo a decirle que también es pre-peronista). Me responde con altivez que no, que son reichianos criollos.



Pesco en Michaux una idea que leí antes en Bellow. Este recomienda un crimen mental a la semana: te mantiene alejado del psicoanalista. Michaux imagina un cuarto de detección de crímenes futuros, que busca a quien va a matar. Se ha descubierto que el más peligroso es el hombre con pensamientos que elaboran un único crimen. Hay que hacerlo detener rápidamente antes de que pueda actuar. En cambio en quien se han hallado cien crímenes en ciernes, prácticamente no representa peligro y se mantiene en una feliz actividad hasta una edad avanzada.




Se viene una fascinante Primavera Independiente en Villa Ocampo. Se trata de un mes dedicado a las editoriales que publican literatura con numerosas atractivas atracciones para que vaya mucha gente. Atenti.



La exposición de la “Colección Rabobank” en el Museo de Arte Moderno es una ocasión para tener un panorama espléndidamente tramado de la fotografía argentina a lo largo del siglo XX. Están los grandes nombres, hay rescates y descubrimientos y están los jóvenes de hoy, todos con buenas fotos, algunas en copia de época.



El día de la inauguración de repente empezaron a suceder cosas raras: una pareja que se peleaba a los gritos, una joven deambulaba llorando, otra decía que la perseguían, el menos verosímil era uno que se presentaba diciendo "Quiero conocer artistas para comprar obra". La cuestión es que al rato se juntaron en la escalera y empezaron a hacer grito primal. Está bien, hay que ponerle un poco de onda a las inauguraciones, decir que la palabra performance está muy manoseada.



Oído en otra exposición. Una señora le dice al pintor: “A mí me gustan los pintores realistas como usted que, cuando pintan un perro se nota que es un perro”. “No es un perro, señora. Es una vaca”



Está buenísimo el catálogo de la exposición “Sistemas, acciones, procesos” que se exhibe en Proa. Las imágenes de las obras vuelven a hablarnos y hasta dan ganas de decir que ganan gracias a la reproducción mecánica. No se pierdan los textos de Oiticica y Masotta, además de valiosos y necesarios (¿vieron que se puso de moda decir “necesario”?) reflejan gloriosamente las diferencias entre la Argentina y el Brasil. Nota mental: le tengo que avisar a la hermosa Milena Zapata que en el texto de Masotta (del 1969) se menciona a Telenoche.



Una amiga me consuela cuando me lamento por cuánto me cuesta dejar el pucho: "Sí, tenés que tener una fuerza de voluntad de hierro, no te da ninguna gratificación dejar, al revés. Engordás, vivís ansioso, te ponés de malhumor. Y ni una gratificación. Podés subir una escalera, te dicen ¡y yo para qué carajo quiero subir una escalera!"



En el Liceo Francés, según cuál fuera el profesor, contaba la Revolución de 1789 con horror o con fascinación.


Le pregunto a Santiago Llach en qué anda el taller de ensayo político que daba en La Giralda y se convirtió en la escritura de una novela a cinco manos. Me escribe:



"Hay que matar a Cristina" avanza. Como en todo proyecto de vanguardia dependemos de lo fugaz, de lo pasajero, pero no llegamos antes de las elecciones. Va a salir en diciembre, libro de verano, coincidiendo con el comienzo el tercer mandato presidencial de la diktadura. Está inspirado en los best sellers sobre magnicidios, empezando por "El día del chacal" de Forsyth. También le agregamos cosas que nos fueron gustando de "El día que mataron a Alfonsín" de Dalmiro Sáenz, sobre todo las partes sexuales.



Son dos conspiraciones que sin saberlo coinciden en el día del magnicidio, una encabezada por los chinos y el PJ disidente que usan a grupos de ultraizquierda porque Cristina se niega a firmar un decreto sobre la propiedad de las tierras; y la otra encabezada por Venezuela y La Cámpora, que quieren radicalizar al gobierno aunque detrás también hay interés del control del lobby narcotizador.



El libro lo estamos escribiendo en conjunto un radical, una kirchnerista, un trosco, una con simpatías PRO y un reventado (yo)”



Como dice Lytton Strachitarroni: " Nada más obsceno que los eufemismos."



Todo artista profundo está enamorado de las etimologías.






Juan Pablo Correa




17 de agosto de 2011

El enemigo rojo

Un hombre pudo ocasionar una tragedia durante los festejos del resultado electoral del Frente de Izquierda. Plazademayo.com lo encontró. Había sido detenido con una escopeta, municiones y cuchillos y padece desórdenes mentales.

Quedaban muy pocos a las dos y media de la madrugada en la esquina de Piedras y Venezuela, en el barrio porteño de San Telmo. Pocos, pero entusiastas. Habían estado festejando los resultados electorales del Frente de Izquierda desde las ocho de la noche ya que allí, en el local central del Partido Obrero en la ciudad, se había instalado el búnker de la alianza trotskista que había superado el piso que se requería para participar de los comicios de octubre. Los militantes del frente habían cantado, saltado y hecho flamear banderas rojas al ritmo de los bombos que incluso marcaron el ritmo a las estrofas de “La internacional”. No todos los días la izquierda festeja resultados electorales, así que unos cuantos estiraron el festejo. Entonces, algunos lo vieron.

Era un hombre joven, rubio, de piel pálida, vestido con ropa de fajina y, entre las manos, una escopeta. Una presencia inquietante: su aspecto era parecido al de Rambo en sus mejores tiempos.

“Cuando lo vi, me causó sorpresa –cuenta un militante del Partido Obrero-. Me acerqué y noté que la escopeta era en realidad una imitación hecha con caños. Entonces pensé q era un loco inofensivo.” El hombre permanecía quieto y se le notaban marcas de sangre en el rostro. “El tipo venia abollado, tenia sangre en la cara y la mirada perdida, tenía una especie de sonrisa idiota –continua su relato el militante-. Lo miré bien y vi que tenía cuchillos de verdad y cartuchos rojos de perdigones, que es el color que tienen las balas de plomo. La imitación de la escopeta en realidad era una tumbera. Me alarmé. En ese momento nos miramos con algunos compañeros y nos empezamos a arremolinar alrededor de él. El tipo se sentó en el piso y sacó un cuchillo de esos de combate y empezó a castigar a una caja de cartón. Entonces un compañero le pisó el arma, otro lo agarró del cuello, llamamos a la policía que estaba cortando el tránsito en la esquina y se lo llevaron”.

El hombre vestido de militar fue apresado y la policía halló en su poder una escopeta tumbera, 21 cartuchos de escopeta calibre 12, un cuchillo de color negro con hoja de 25 centímetros, un cuchillo de lanzar con hoja de 10 centímetros, un cortaplumas multifunción, una tobillera porta navaja, una funda de chaleco táctico, un correaje táctico, un porta cargador de tela y una funda de cuchillo color verde. Estaba bien preparado para el combate. Pudo decir su nacionalidad y su nombre antes de ser llevado a la comisaría. Era ucraniano. Se llama Vitaliy Zhukovskyy.

Plazademayo.com encontró a Zhukovskyy en su hogar del barrio de San Telmo, a pocos metros de la sede del Partido Obrero. “Quiero pedir disculpas por lo que pasó –dice a este cronista en un castellano fluido-. Estoy en tratamiento con pastillas y ese día tomé alcohol y me perturbé”. El ucraniano tiene 29 años y llegó a la Argentina hace 12 años. Trabaja en Sistemas y es hincha de Boca Juniors. Está casado y tiene dos hijos, de ocho y tres años. Vive en un departamento en un edificio sencillo, de características populares. Zhukovskyy tiene un ojo morado.

–¿Qué pasó esa noche?

–Yo participé del ejército en Ucrania. Tengo problemas emocionales, estoy en tratamiento. Por eso tomo pastillas. No sé por qué ese día tomé alcohol acá en casa, con unos amigos. Tomé cerveza y después whisky. Se agrupó mucha gente con banderas rojas, con bombos. Eso me puso paranoico.

–¿A qué le temía?

–En Ucrania la pasamos mal con el comunismo. Yo era chico pero tengo recuerdos y cosas que le pasaron a mi familia. Mi papá murió porque desarrolló una enfermedad al ser enviado a Chernobyl. El esposo de una prima fue a la guerra de Afganistán y volvió minusválido. Mi abuelo contaba que la mitad de sus hermanos murieron en la hambruna artificial del año treinta. Se ve que todo eso se combinó y al ver las banderas rojas me dio un ataque. Sentí pánico y me volví loco.

–¿Qué pensó?

–No recuerdo bien. Sé que subí a la terraza y vigilaba la manifestación. Mi esposa me contó que yo decía: “Ya van a venir, ya van a venir”, que pensaba que iban a entrar por nosotros. En la terraza armé la escopeta.

–Dicen que lo vieron golpeado, ¿tuvo algún incidente de pugilato antes?

–No, estaba en la terraza, me debo haber caído y golpeado, no recuerdo.

–Pero qué iba a hacer, ¿iba a tirar contra los manifestantes? Usted tenía balas de plomo.

–No recuerdo qué pasó. No tengo la intención de tirar contra nadie. Las balas las tengo porque antes yo tenía permiso de portación de armas. Ya no. Me quedaron las balas. No sé qué pasó, no sé. Sólo tengo recuerdos de cuando ya estaba en la comisaría. Estuve encerrado en una celda muchas horas hasta que vino el médico forense a revisarme. La pasé muy mal.

–Pudo haber ocurrido una tragedia.

–Sí, sí. Estoy muy arrepentido y pido disculpas. No sé qué pasó. No voy a tomar nunca más alcohol.

–Los manifestantes eran trotskistas, que se opusieron al stalinismo en la propia Unión Soviética.

–Trotsky lideró la entrada del ejército a Ucrania también. Pero no sé. No sé si son marxistas, leninistas o qué. Vi las banderas rojas y se ve que me alteré. Quiero pedir disculpas. No tengo la intención de lastimar a nadie. Estoy en tratamiento, no va a volver a pasar. Fue una mala coincidencia de las cosas, no tengo nada contra ellos.

A Vitaliy Zhukovskyy se le inició una causa por “intimidación pública” en el Juzgado Nacional en lo Criminal y Correccional Federal número 2, a cargo de Marcelo Martínez de Giorgi. El cuerpo médico que lo examinó determinó problemas de salud mental y recomendó su internación, cuestión que evaluará un juzgado civil, ya que fue desafectado del fuero penal.

Pudo haber sido una tragedia. Como aquella que sacudió a Noruega hace poco, cuando un militante ultraderechista acabó con la vida de decenas de jóvenes militantes del laborismo. O como las que suceden cada cierto tiempo en los Estados Unidos, cuando un francotirador dispara sus armas contra la multitud. No pasó, pero pudo haber pasado.

Resulta paradójico que el ucraniano haya identificado a las banderas rojas que flameaban esa noche con la amenaza de los peores momentos del stalinismo. Los trotskistas, que aunaron sus fuerzas en el Frente de Izquierda, fueron masacrados de a miles en la Unión Soviética y León Trotski, su líder histórico, fue asesinado en México por Ramón Mercader, un agente que obedecía una orden directa de Josef Stalin. Una paradoja de la historia, ya que el objetivo estratégico de los trotskistas es el socialismo que, ellos denuncian, Stalin pervirtió creando un sistema que también marcó mentes como las del ucraniano. Los militantes del Frente de Izquierda festejaban los resultados electorales, redujeron a Zhukovskyy y evitaron una posible tragedia. Algunos manifiestan preocupación ya que se preguntan si no es posible que el ucraniano vuelva a tener un brote. El caso está en manos de la justicia.

Diego Rojas


Fuente: blog Plaza de Mayo